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Pessoa, la respuesta de la palabra
Teódulo López Meléndez

Resumo:
Un análisis del pensamiento político del gran poeta portugués. Sin comprender sus ideas políticas y como lo afectó su entorno social y las circunstancias políticas no se puede entender su poesía.



Teódulo López Meléndez
Pessoa, la respuesta de la palabra
    



                                                                                                                                                                                          















© ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA
Caracas, 1992
ISBN 980-222-712-9


“Negat enim sine furore Democritus
quemquam poetam magnum esse posse”
CICERÓN



“Nao tenho sentimento nenhum político
ou social. Tenho, porém, num
sentido, um alto sentimento patriótico.
Minha pátria é a língua portuguesa”
BERNARDO SOARES













1
PESSOA DE CUERPO ENTERO
1.1. - EL HOMBRE
Puede vérsele aún entre las sombras de la “baixa” lisboeta. Se le adivina pisando los rombos de las aceras del Chiado. Tal vez el hombre sentado a aquella mesa sea él, con “Orpheu” y un bagazo. Tiene corbata de lazo y el impermeable le queda grande. Puede que aquel que empina el codo en el mostrador del café sea él. Es aquel mismo que vive en la lechería y escribe poemas a media noche. Está sentado a su escritorio, ahora creo que está sentado a su escritorio, y saca cuentas y prepara artículos para la revista de comercio. Levanta los ojos y mira a Ophelia. Estalla en carcajadas mientras José de Almada Negreiros habla en el Teatro República sobre el futurismo y Santa Rita Pintor desde las butacas increpa y responde y autoriza al conferencista a seguir adelante con la destrucción sistemática. Tiene lentes redondos, sombrero y es varios hombres a la vez. Es filósofos y ensayistas, pero tres poetas que lo habitan son más él: Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Alvaro de Campos.
Ahora lo miro en la fotografía que le hizo Vitoriano Braga en los tiempos de Athena. Tiene allí una serena belleza. Ahora lo miro en la última fotografía que le hicieron: el cuello de la camisa parece un pañuelo arrugado, la corbata larga los meandros de un torrente caprichoso, el marco de los anteojos engrosó, los cabellos se quedaron como alfileres prendiendo los proyectos inacabados o simplemente no comenzados, las venas de las manos tensas, la barba mal afeitada, el cansancio en los bigotes ahora sin llegar hasta las comisuras, en los ojos apenas le queda visión.
Fernando Antonio Nogueira Pessoa nació en 1888 y murió en 1935. Durante 47 años, la vida, la mayor parte en Lisboa. Construyó sistemas de Gobierno, hizo proclamas altisonantes, desafió a los escritores de su tiempo, maldijo naciones, edificó estéticas contradictorias, parió escritores que defendieron tesis contrapuestas, escribió poemas que honran la lengua portuguesa y terminó haciendo de esta lengua su verdadera patria. La mayor parte de estos escritos quedó inédita durante la vida del poeta, embaulada. Siguió paso a paso las vicisitudes históricas de Portugal y proyectó libros que nunca escribió. En una nota autobiografiada dejó dicho: “Filiación: hijo legítimo de Joaquín de Seabra Pessoa y de Doña María Magdalena Pinheiro Nogueira. Nieto paterno del General Joaquín Antonio de Araújo Pessoa, combatiente de las campañas liberales y de Doña Dionisia Seabra; nieto materno del Consejero Luís António Nogueira, jurisconsulto y quien fuera Director General del Ministerio del Reino, y de Doña Magdalena Xavier Pinheiro. Ascendencia general: mezcla de hidalgos y judíos”.
En 1895 Pessoa es llevado a África del Sur por su madre, viuda y vuelta a casar. Siempre la adorará y poco tiempo la tendrá a su lado. A los ocho años escribe su primer poema, dedicado a ella. En agosto de 1905 regresa a Lisboa con la intención de matricularse en el Curso Superior de Letras, del que desistirá pronto. En su pasantía sudafricana, en Durban, donde su padrasto es Cónsul, aprende perfectamente el inglés. Es en este idioma donde ordena las primeras letras. Con plena consciencia elige el portugués y se queda en Portugal, a diferencia de sus hermanos, todos nacidos del segundo matrimonio, que marcharán a Inglaterra y allí se quedarán.
El oficinista de casas comerciales descubre a una compañera a la que comienza por dar consejos sobre el trabajo y de la que se enamorará, la única mujer que aparecerá en su vida y con la cual mantendrá una corta relación idealizada. Fue célibe; no se encuentra ninguna relación sexual en su vida, ni heterosexual ni homosexual. En las cartas a Ophelia aparece un enamoramiento absolutamente normal, la “ridiculez” propia del amor y que Pessoa se empeña en subrayar cada vez que muestra sus debilidades a aquella tímida y delgada muchacha. La familia de Ophelia le aterra. El amor se enfría y renace nueve años después. El fin definitivo es atribuido a las interferencias de Alvaro de Campos, homosexual. No fue un asexuado, el deseo aparece en algunos de sus poemas, especialmente en algunos escritos en inglés, porque, para él, aquél era el idioma apropiado para mostrar estas intimidades. En un poema se encuentra el rechazo del acto carnal porque le horroriza la desnudez, espiritual o física. La espiritual, no obstante, la hará total, pero repartida entre las creaciones heteronímicas. El acto sexual aparece como algo sucio y aun en las manifestaciones eróticas que menciono se combinan el deseo y el repudio. Quadros insiste en el horror metafísico que Pessoa siente del Otro, en la imposibilidad de materializar los sentimientos, en la absoluta incapacidad para salir de sí e intentar la intimidad. Desistirá de Ophelia y del amor para vivir en la soledad, desarrollar su locura genial y tomar el camino supremo de la lengua que adoptó libremente en marcha hacia la destracción de su habitad carnal y el logro de la trascendencia.
Imaginativamente, en vez de activamente, habría sido un bisexual o tal vez un transexual, intelectual auto-prohibido, capaz de escribir sobre el amor pero no de vivirlo. En sus primeros escritos habla de la necesidad de tener un “amigo íntimo” y de su descreencia en la posibilidad de conseguirlo. Era evidente su intenso deseo de comunicación, lo que le llevó a considerar como posible ese amor homosexual. Lo más cercano a ese intercambio con otro, fue su amistad con Sá Carneiro , pero en 114 cartas que le escribió no puede encontrarse el menor indicio de una relación homosexual. En fin, todas las investigaciones concluyen en que Pessoa no fue un homosexual activo.
           Él mismo se describió de la manera siguiente:
“Soy un temperamento femenino con una inteligencia masculina… sensibilidad de mujer... siempre gusté de ser amado y nunca de amar… agrádame la pasividad… Shakespeare terminó en pederasta… Rousseau en masoquismo… no debe descender al cuerpo esa inversión del espíritu” . Está absolutamente claro; Pessoa no permite que descienda a su cuerpo.
Quadros , recordando a Jung y su concepción sobre la coexistencia en todo ser de elementos masculinos y femeninos, apunta en Pessoa manifestaciones de pederastia pasiva, de masoquismo, de automortificación y de autocastración. La extraordinaria aspiración amorosa de Pessoa, pasión de absoluto, se encuentra con una problemática sexual coplicada que va desde una modalidad sui generis del complejo de Edipo hasta una incapacidad trágica para el acto físico del amor.
Está consciente de su inteligencia. Este hombre conocía perfectamente su interior, pero nunca trató seriamente de cambiar nada. Se dice que tiene la “voluntad inhibida”, lo que explica en parte también que no participara activamente en la política a la que seguía con pasión y que no publicara lo que escribía en torno a la evolución de su país. En numerosas cartas se auto-analiza, con clarividencia y precisión, con lucidez y justeza. Por momentos tiene dudas sobre sí mismo, pero vuelve a la claridad siempre. Ahora baja por el Chiado, envuelto en un impermeable negro: es Fernando Pessoa que marcha a “BrasiIeira”, a encontrarse en el café con los amigos; se sienta, pero habla poco, prefiere oír, sonríe. A ratos se tornará locuaz, cuando se trata de la edición de la revista o cuando se hace sarcástico para responder una pregunta hecha con admiración. Es introvertido, callado, complicado y secreto. Se oculta de sí mismo. En la noche escribirá a París, a Sá Carneiro, y acompañará el poema que cree el primero de una nueva escuela fundada por algunos de sus “hijos literarios”. Sá Carneiro contestará impresionado por el poema de Alvaro de Campos o proclamará la genialidad de su corresponsal Pessoa o mezclará nombres llamándole Fernando Alvaro Pessoa Campos. Llárnese como se llame, el escritor busca ansiosamente la identidad. Ahora redacta un artículo para la “Revista de Comercio y Contabilidad”; luego escribirá a Ophelia . Después beberá el vino y el bagazo, muchos tragos, aunque nadie le verá borracho. Defenderá a los amigos, no importan los riesgos, prologará libros y desde el misterio que lo envuelve sabrá dar amistad a los escritores de aquella generación. Ahora está con Lombroso, procura ansiosamente con el sabio italiano las características del genio, se detiene en las características de la degeneración y siente encontrada y explicada la falta de voluntad que le acosa, que le hace pergañar índices de libros que no escribe y recopilaciones de poemas que no se materializan. Se sabe proclive a la locura . La considera, con el italiano, un impulso hermano de las construcciones extraordinarias. Después leerá a Max Nordau, quien refuta a Lombroso y no cree que los degenerados geniales sean un motor de progreso para la humanidad; Nordau considera al genio como saludable, pero a los modernos inmersos en desvaríos unos auténticos degenerados que producen obras condenables. Pessoa queda impresionado, afectado, confuso, ante tal veredicto. “Soy un histero-neurasténico”, concluirá.
En el poema dedicado a D. Sebastián, de 1933, identificará locura con grandeza y se preguntará qué es el hombre sin ella, para responderse que una bestia o un cadáver que procrea . Si bien este poema está pleñamente inmerso en la admíración al Rey D. Sebastián, sirve para mostrar el desprecio que le produce el hombre sin ideales, sin grandes proyectos, contento con el goce material de las cosas. Pide que su locura sea tomada y seguida por otros, imbuido ya del sentimiento mesiánico que le caracterizará.
Ahora está en una sesión espiritista en casa de su tía. Comienza el conocimiento de lo esotérico. Pronto se cansará de llamar espíritus a visitar los predios terrenales, pero persistirá en las ciencias ocultas, en la magia, en los conocimientos del más allá. A ratos dirá que escribe porque así se lo ordenan los Maestros. Ahora abre el “Compendio de Teosofía” de C. W. Leadbeater, pero rápidamente lo interrumpe para enterarse del contenido de la última conferencia de Annie Besant . Es un rosacruz que no se hace miembro, un defensor de los masones sin serlo. Se prepara para cumplir las instrucciones del Más Allá. Vuelve a escribir. Puede que esta noche tengamos el privilegio de asistir al relámpago de la escritura de los poemas de Alvaro de Campos y luego, terminados éstos, a los de Pessoa. Seríamos testigos de la más intensa noche del poema, de las transmisiones y de los dictados, de la magia de la creación; el poema está de pie, quizás esta noche sea la noche. Espiemos, que ya encendió la vela, que ya tiene consigo la leche y los cigarrillos. Puede que los ordenadores estén listos para iniciar el dictado.
Procura la certeza en el mundo incierto. ¿Qué hacer? “Confiar en la inteligencia, en la razón, asentar en el raciocinio la estabilización de la propia personalidad. . . atribuyéndoles poderes discrecionales que se relacionan con los misterios que son la vida, el mundo y el hombre” . Simões encuentra, igualmente, un Pessoa esclavo de la inteligencia pero no de la razón, una naturaleza intelectual porque en él la inteligencia domina los sentidos; esto es, todo cuanto de sensible se produce en él apenas es sentido en la proporción en que es percibido; quiere decir el excelente biógrafo del poeta que persiste una zona de misterio, que todo su sistema carece de construcción objetiva y hace entrar todo lo inteligible e ininteligible, racional e irracional, visible e invisible, que cuando se propone descubrir un sentido general y absoluto al enigma del mundo y de la vida se vuelve hacia la magia y no hacia la religión. “Rechaza el camino mágico, supera el camino místico y finalmente se acoge al camino alquímico. El camino alquímico es su propia poesía”.
            Ahora lo tenemos recién regresado a Lisboa: rememora la muerte del padre, el nuevo matrimonio de la madre tres años después, la infancia y la adolescencia en Durban; la ciudad de su nacimiento reaparece, se reencuentra con el idioma portugués y lo asume. Es la hora de los planes. Quiere escribir “La República de Portugal”, provocar aquí una revolución, escribir panfletos portugueses, dirigir la publicación de obras literarias nacionales, fundar un periódico, una revista científica” .
Ahora lo tenemos el 27 de noviembre de 1935. Cuántas cosas ha hecho y cuántas ha dejado de hacer. Paralizado por la ausencia de voluntad, no escribió los libros de ensayo, no recopiló lo escrito en libros, los poemarios no agruparon los poemas dispersos. ¿Sabe acaso, cuando los dolores comienzan, cuando el otoño deja paso a un incipiente invierno y Lisboa está gris, que se aproxima el fin de su envoltura terrestre? Se hace de noche, comienzan los dolores. Las manos trémulas bajan hasta el estómago, las venas transparentan la piel. El diagnóstico es preciso: crisis hepática. Cuántas noches de bebidas, de silencio, de drama interior, de lucidez sobre sí mismo, de relámpagos poéticos. Tiene 47 años y es 30 de noviembre de 1935. Hay algo en la luz, en las claridades, en las visiones. Dice: “Dáme los anteojos”, y muere. ¿Muere? Con anticipación había dicho:
Não dormes, sob os ciprestes
Pois não há sono no mundo
O corpo é a sombra das vestes
Que encobrem teu ser profundo.
A sombra das tuas vestes
Ficou entre nós na sorte.
Não estás morto, entre ciprestes.
Neófito, não há morte”.

1.2. - LAS REVISTAS Y LOS GRUPOS
Pessoa llega a la poesía de manos de un hermano de su padrastro, un poeta de nombre Henrique Rosa. Lee a los simbolistas, siente rechazo hacia todo lo francés debido fundamentalmente a su formación inglesa. Lee a Pope y Milton. Luego abrevará en Shelley, Yeats y Byron. Volverá a los griegos, hará proclamaciones sobre Shakespeare y exaltará o condenará a docenas de escritores, contemporáneos o no, con perfecto conocimiento de causa, ya que era un lector extremadamente ávido.

En 1910 es implantada la República en Portugal. Teófilo Braga es elegido Presidente y el poeta Guerra Junqueiro es enviado al servicio diplomático. Las nuevas generaciones van perdiendo su fe republicana ante el frenesí y la desintegración partidista, sumergen en la literatura el patriotismo y exploran las vías que el futuro debe diseñar para el país. La política desilusiona, las realidades contradicen a las esperanzas, muchos —Pessoa incluido— encuentran una grave desproporción entre el medio y lo que consideran las propias posibilidades. Pessoa ha estado encerrado en la torre de marfil y comienza a sentir la necesidad de auditorio.
Es en la ciudad de Porto donde va a producirse el reventón. El mismo año de 1910 aparece la revista Aguia, exactamente el día 1 de diciembre. Al comienzo parece una revista literaría común que publica poemas y artículos de diversas tendencias. Corno lo apunta Simões esta generación muestra una mezcla de tendencias mal dibujadas. Dominados en un principio por la herencia simbolista, en todos sus integrantes se manifiesta una especie de “misticismo”, marcado por el culto de lo indefinido, la religión de lo vago y un monismo panteísta inconsciente.
En 1912 se funda, también en Porto, el movimiento “Renascença Portuguesa” y Aguia pasa a ser su órgano oficial. En el editorial, Teixeira de Pascoaes proclama la necesidad de dar sentido a las energías de la Raza y colocarlas en condiciones de tornarse fecundas. El movimiento a que da origen se llamará “saudosismo”; la “saudade”, se dice, es la sangre espiritual de la raza, su estigma divino, su perfil eterno y como Viriato, D. Afonso Henriques y Camões desmaterializados y reducidos a un sentimiento. El “saudosismo” se caracterizará por la incoherencia y entremezcla las críticas al viejo régimen felizmente desaparecido con las que se dirigen al nuevo absolutismo triunfante impregnado de positivismo, y al socialismo y al materialismo.
Es comprensible que Fernando Pessoa, en procura de una audiencia exterior, se sintiese atraído. Aquel de “Renascença Portuguesa” era el primer reventón en medio de la mediocridad del país, de la crisis política, de la ausencia de una crítica y de la inexistencia de creadores trascendentes. Se estaba planteando un renacimiento intelectual, se proclamaban las grandezas pasadas y se llamaba a nuevas, se delineaba —sorpresivamente— un camino, se le dotaba de ideas —si bien imprecisas e incoherentes— y se lanzaba un desafío sobre la inteligencia. Muchos de quienes integran el movimiento, en especial Teixeira de Pascoaes, tienen prestigio. En 1912, Pessoa se estrena en Aguia con una serie de artículos sobre la “Nova Poesía Portuguesa”; adoptará en ellos la esencia del movimiento proclamando que la “Raza Lusitana” partirá en busca de una India nueva que no existe en el espacio, en naves que son construidas “de aquello de lo que los sueños son hechos”. Agregará: “Si el alma portuguesa, representada por sus poetas, encarna en este momento el alma recién nacida de la futura civilización europea, es que esa futura civilización europea será una civilización lusitana”. El poeta inclinado a lo mesiánico asume, sin dificultad, el mesianismo de “Renascença”; además es brillante la oportunidad para una actuación inmediata. Como veremos, Pessoa se adhiere a la República, no sin críticas y retrocesos, y ya en el momento de comenzar a escribir para Aguia piensa que el movimiento, habiendo nacido y acompañado al republicanismo, tiene que ser republicano, no sin precisar que no es el republicanismo que se vive, que ya vendrá el correcto y el hombre indicado para imponerlo, y fiel a su pensamiento sobre las revoluciones, ve, más que las realidades que rodean aquella República, las posibilidades que puede desatar.
Los artículos sobre “A Nova Poesía Portuesa” son claves para entender todo el proyecto cultural-literario de Pessoa. Escritos cuando el poeta tenía 24 años, muestra elementos psicológicos y sociológicos de alto interés, enseñan la mayéutica heteronímica, y, para nuestros límites, dejan ver lo que en política le gusta o no le gusta.
En el primero de esos artículos, “La nueva poesía portuguesa sociológicamente considerada”, aborda un análisis comparativo entre la evolución de las sociedades francesa e inglesa y sus respectivas literaturas, y la evolución de la sociedad portuguesa, en aquellos momentos de auge republicano, con la literatura que se produce. Comienza así el intento de dotar a “Renascença Portuguesa” de un cuerpo coherente de ideas. Coincide, según Pessoa, “con un período de pobre y deprimida vida social, de mezquindad política, de dificultades y obstáculos de toda especie a la más cotidiana paz individual y social, y a la más rudimentaria confianza o seguridad en un futuro”. Pessoa advierte que no hay en el movimiento un Milton o un Shakespeare, pero sí “individualidades de acentuado valor”. Frente a la crisis descrita ve la salida en una gran renovación espiritual, viable a través de “Renascença”, a través de la poesía, más que en un plano político o social. Es, pues, desde un mismo comienzo de su actividad literaria, cómo el poeta hace de las letras el planteamiento básico de la regeneración nacional de su país. La lengua que ha asumido es el camino y a los poetas corresponde la tarea de generar el nuevo espíritu que se traducirá en una nueva civilización que a su vez generará nuevas estructuras políticas. El mesianismo que le acompaña le hace ver esa nueva civilización como europea nacida de una civilización lusitana. Aparece, por vez primera, la idea de un Super Camões. Al igual que en momentos similares en las sociedades francesa e inglesa, Portugal tendrá que dar un gran poeta, esta vez tan grande que dejará a Camões en un segundo plano. Pessoa estaba así planteando la idea fundamental de su concepción política: la lengua y la literatura llevadas hasta los límites de supremo instrumento de regeneración. Al fin y al cabo todo se vertía en el mismo odre, revolución, política, poesía. El líder de esta catarsis histórica debería ser un poeta, un Shakespeare portugués, un Super Camões. No estaba delineándolo en el vacío, estaba trazándose a sí mismo un propósito.
El Pessoa joven vivió intensamente todos los acontecimientos que llevaron a la proclamación de la República. Asistió a la comparación entre los ideales proclamados y las aberraciones de la práctica política. Está claro que los desvaríos y degradaciones de la cotidianeidad le parecían extremadamente contrarios a las aspiraciones de la inteligencia portuguesa. No por ello dejó de ser republicano, aunque insistiera en que su republicanismo no era aquel que chocaba duramente con sus aspiraciones y diseños. Decide escribir un libro para analizar todo el proceso de la caída de la Monarquía y la ascensión de la República, la contradicción flagrante entre los ideales y los usos políticos, y para ello apela a lo que será una constante en él, la “sociología”. No escribe tal libro, apenas fragmentos que va echando a los baúles.
Entre la fecha de sus colaboraciones para Aguia, 1912, y el año de 1914, el poeta va haciendo en Lisboa su propio círculo de amigos. Comienza a sentirse diferente de Teixeira de Pascoaes, el mentor de “Renascença”. Como todo escritor nuevo, consigue un “padre” que matar y se lanza contra Alfonso Lopes Vieira criticando fuertemente un libro de éste para niños, “Bartartolomeu Marinheiro”. Comienza a plantearse su ruptura con Aguia y el momento llega en que Alvaro Pinto, editor de la revista, se niega a publicarle un drama, “O Marinheiro”. En la carta de ruptura dice que ha comprobado la inutilidad de escribir; claro está que al día siguiente pensará lo contrario.
1915 es un año de intensa creatividad modernista. Puede decirse que comienza el siglo xx portugués. El reventón va parejo con la republicación de otra revista, Orpheu. En la presentación editorial se define un marcado carácter aristocrático, dado que la idea es formar un grupo escogido de revelaciones en el pensamiento o en el arte, que tengan allí “su ideal esotérico”. La revista es financiada por el padre de Sá Carneiro quien se retira ante el escándalo que aquélla ocasiona.
En Orpheu también está presente la “idea patriótica”, pero se presentaban notables diferencias entre los “órficos” y los “saudosistas” de Teixeira de Pascoaes. Al tiempo que se asumía “la idea patriótica” había que lanzar una ofensiva desestabilizadora para destruir los viejos tejidos y sacar al país del estancamiento. El ataque de Orpheu no se centra tanto en el área política, económica o social, sino en la fundamental para los “órficos”, la del psiquismo nacional.
Orpheu es el marco febril donde se exponen las posibilidades de arranque del modernismo portugués y, claro está, del futurismo. Bien se ha dicho que esta revista significa la confluencia sobre Lisboa de los “ismos” (cubismo, futurismo, etc.). Nuestro poeta se interrogaba sobre el futuró de la revista y se respondía a sí mismo que sería acumular en ella todo lo del mundo, la creación de un arte cosmopolita en el tiempo y en el espacio. Aquellos jóvenes se creían unos griegos que afrontaban la cosmovisión portuguesa. En el fondo, Pessoa piensa que está madurando con rapidez la sustitución de Camões, un poeta italianizado, como lo llamará en las “Páginas Intimas”.
Pessoa se torna fundador e inspirador de numerosos movimientos que nunca se convierten en escuelas, o que serán seguidos por otros y no por él. Serán el paulismo, el sensacionismo y el interseccionismo. En el único número de otra revista, Renascença, publica el poema “Pauis” que da origen al paulismo. Sá Carneiro, desde París, se deshace en elogios. Algunos autores, entre ellos Simões, sostienen que Pessoa había definido en sus artículos de Aguia la estética del paulismo y no la del saudosismo. Los tres elementos que exige a la poesía, vaguedad, sutileza y complejidad, son los que corresponden, ciertamente, al paulismo. El paulismo es la intelectualización del saudosismo, es decir, agrega el elemento intelectual que los saudosistas no tenían, ya que eran todo emoción e instinto.
   En estos años, el modernismo aparece y asistimos a los ataques finales contra el siglo XIX romántico y neo-clásico. Nacen los heterónimos pessoianos. El primero, Alberto Caeiro. Seguirán Ricardo Reis y Alvaro de Campos. Se sucede una larga lista de seudónimos y de heterónimos no terminados de nacer, como Bernardo Soares, Vicente Guedes, António Mora, Abílio Quaresma, el Barón de Teive, Rafael Baldaya, C. Pacheco. Pessoa los definirá en carta a Adolfo Casais Monteiro como su “tendencia orgánica a despersonalizacjón y a la simulación”.
   Aún habrá tiempo para otras revistas, como Contemporánea, en 1922, un intento para relanzar a Opheu. En 1924 aparece Athena, olvidada tanto del modernismo estrepitoso e inclinada hacia un clasicismo sereno.
Transcurre la vida de Pessoa. De 1915 a 1921 o publica los poemas en inglés (Antinouos, Inscriptions e English Poems). Son interesantes porque el aspirante a Super Camões mide fuerzas con Shakespeare (Alvaro de Campos había hecho de las suyas, ya que en 1917 había publicado el famoso “Ultimatum”). En 1922 publica “El banquero anarquista” en medio de la onda anarquista y sindical que recorría al país y que condujo, entre otras cosas, a la fundación del Partido Comunista Portugués (1921) En 1926, año en que la espada desenvainada de Gomes da Costa abre camino al Estado Novo, se dedica con su cuñado a la Revista de Comercio y Contabilidad. En 1928 aparece uno de sus más importantes escritos políticos, O Interregno, Defensa e Justificação da Ditadura Militar em Portugal.
Frente a cada acontecimiento político, Pessoa comenzaba un libro y cuando creía tenerlo listo para la publicación aparecían nuevos elementos que le hacían modificar lo escrito. De esta forma, nunca publicaba. Por supuesto que tenía algunas preocupaciones fundamentales que, cíclicamente, se transformaban en proyectos. Cuando asiste a la transición de la Monarquía a la República piensa en escribir unas “Consideraciones Post- Revolucionarias”, luego el título pasa a ser “De la Dictadura a la República” y luego “Iconoclasta”. En el segundo nombre posible, subtituló Estudio Sociológico de los últimos años de la monarquía en Portugal”. Finalmente pensó en “República y Monarquía”. Entonces dejó el proyecto. Otros libros con los que soñó y de los cuales publicó algunos fragmentos en los diarios son: “La República Portuguesa. Su implantación y orientación necesarias, sociológicamente consideradas”. Y “Teoría de la República aristocrática”. Pensó en un libro que reuniera, bajo el título de “Estudios Contemporáneos” (luego cedido a los heterónimos), material diverso, incluido el correspondiente a la transición monarquía-república. Otros libros proyectados fueron “Introducción al Problema Nacional”, “Teoría del Sufragio Político”, “El nacionalismo liberal”. Los temas que le ocupaban la mente eran variados, como las relaciones entre la República y la religión, la moral y la nacionalidad, la lógica de la revolución, factores de la decadencia, bases para una Constitución, el problema republicano en sí, la monarquía como teoría de gobierno, el imperialismo y el nacionalismo, los partidos políticos, el conservatismo, el sidonismo (expresión originada en el Presidente Sidonio Pais). Como se comprueba, Pessoa era un atento observador de la evolución histórica de su patria al tiempo que seguía la evolución de las ideas políticas y se interesaba por todos los temas relacionados con los asuntos de esta índole. Los heterónimos también surgen en el Pessoa ensayista político, y así, tres nombres L. Guerreiro, Jean Seul y Gervasio Guedes aparecen como los autores de los “Estudios Contemporáneos”.
En fin, la idea central de Pessoa es que toda época creadora de la literatura es seguida por una época creadora en lo civilizador. Para ello va a confrontar el período isabelino a la literatura inglesa, y la literatura francesa a la “prematuramente” desatada Revolución. Para él, la literatura que ya se muestra en 1912, fecha de Aguia y de los gérmenes de Renascença, anuncia una época trascendente a Portugal. Fugazmente mira la realidad de su país y comprueba que aún nada es grandioso. El Shakespeare portugués no existe y la política está corroída por la mezquindad y la pobreza. Su análisis se torna así capcioso. La gran figura literaria no existe y la gran “civilización lusitana” aún está por ser generada. De manera que recurre a “la fe y la intuición”, él, que no deja de recalcar el “carácter científico sociológico” de sus lucubraciones, él, Super Camões en germen, aún no convencido de tener el talento suficiente para serlo. La literatura portuguesa que había de engendrarlo, al tiempo que una civilización digna de gloria, no existía. Pessoa vacila y duda de sus propias conclusiones. La estructura tiene columnas extremadamentete débiles y sólo “la fe y la intuición” la mantienen erguida. Este análisis arbitrario es Fernando Pessoa, donde la política pasa a ser una derivación poética, los sistemas de gobierno la conclusión de una regeneración espiritual y civilizadora, el espejo de la realidad un erguirse en la lengua y en la literatura como principio y como todo.
ROUSSEAU, NIETZSCHE y ANTERO DE QUENTAL
En “Páginas Intimas” Pessoa considera a Rousseau un misantrópico amante de la humanidad y, por tanto, afín. Proclama idénticos ambos caracteres, presididos de un caluroso, intenso e inexpresable amor a la humanidad con una dosis de egoísmo que lo contrapesa. En Rousseau sigue, aparte las afinidades psicológicas, el pensamiento del francés sobre la revolución y sobre la formación de facciones democráticas en diferentes países de Europa: sí Rousseau lo incomoda, el prestigio que tiene ante sus ojos lo justifica, se siente parecido a él, lo sigue con pasión saltándose las divergencias.
Con Nietzsche la relación es evidente. El Super Camões se nutre del super-hombre nietzschiano. La estética de Alvaro de Campos está sustentada en el concepto de fuerza y es tributaria de los emplazamientos de Zaratustra.
Desde las referencias iniciales a Renascença Portuguesa, Pessoa cita, al lado del mentor de aquel movimiento, Teixeira de Pascoaes, a Antero de Quental. Este poeta portugués está presente en la base de la línea arquitectural de Pessoa, debido a que lo mira como un precursor de la poesía nacional y del “panteísmo trascendentalista” que estima caracteriza a ésta. Refiere el inmenso vacío que existe entre la poesía medieval portuguesa y la modernidad, espacio sólo sacudido por la llamada Escuela de Coimbra y Antero de Quental. Para Pessoa, con justicia, Antero es precursor de la entrada en la modernidad poética portuguesa. Claro está que las ubicaciones políticas de Antero no le interesan y las hace a un lado, como si no hubiesen existido. Lo que le interesa es la dimensión poética del sonetista insigne y lo que representa, un germen que pretende en la poesía nuevos caminos para la sociedad portuguesa.





















2

PESSOA, PRODUCTOR DE ESTETICAS
2.1. - EL SAUDOSISMO
Cuando el 5 de octubre de 1910 cae la Monarquía y se implanta la República, los jóvenes piensan que están dados los presupuestos para eI inicio de la gran renovación portuguesa. La iparición de Aguia, y su posterior conversión en órgano de “Renascença” responde a este imperativo. Teixeira de Pascoaes está plenamente consciente de la decadencia del país. Se encuentra con la “saudade”, tradicional de la poesía nacional, y la utiliza como idea conductora para la que cree imprescindible renovación espiritual. Se dice que el pueblo portugués ha sido siempre triste, impregnado de “saudade”, por lo que Pascoaes apela a algo que estima consustancial con su pueblo. El saudosismo es simplemente la elevación de “la saudade a categoría de privilegio étnico del pueblo portugués, a centro de gravitación espiritual de cuño exclusivamente lusitano, vislumbrando, finalmente, en sus visiones poéticas, la humanidad entera a camino de esa saudade y viendo en ella la culminación de la evolución humana”.
Pascoaes no era un buen poeta, pero sus tesis de regeneración y su prestigio personal, amén de estar rodeado de gente significativa, atrajeron, como quedó dicho, a Pessoa, y lo deciden a escribir sus famosos artículos sobre “La nueva poesía portuguesa”. La vinculación al “saudosismo” se le nota forzada. Los análisis comparativos con los períodos de esplendor de la literatura inglesa y francesa, no parecen justificables. Si bien queda claro en los artículos que al autor le interesa el futuro de la literatura portuguesa y muy poco un presente que en su interior sabe mediocre, apela al “carácter nacional” de lo que se está haciendo para forzar la conclusión, siempre en comparacján con Francia e Inglaterra, de que en Portugal se aproxima un período grandioso. Pessoa trata de convencerse a sí mismo, más que a los demás, de las conclusiones elocuentes a las que arriba. Su razonamiento es así: si bien Portugal vive en un período de mediocridad, en una sociedad sin aliento que da pocas nuestras de florecimiento, no hay que olvidar que la literatura actúa sobre la sociedad y la existencia de un círculo talentoso de escritores (al parecer la existencia misma era lo que justificaba aquel grupo a los ojos de Pessoa) es de por sí una garantía para la renovación. No existían las grandes figuras, pero nuestro poeta pensaba que aparecerían, o tal vez, que él mismo se desarrollaría hasta los ambiciosos límites autoimpuestos. La aparición del Super Camões sería sólo cosa de tiempo. La evolución Política rechaza tesis de Pessoa; por ningún lado aparece renovación ni esperanza. Pessoa considera que la evolución de la realidad le da aún mayor fuerza a sus argumentos, y explica: de esta manera se confirma que la evolución literaria precede a la evolución social, y así como los autores de la época isabelina preparan el gobierno popular de Cromwell y los románticos franceses la victoria cobierno republicano, asimismo los poetas y escritores portugueses darán la bienvenida a la renovación política que tendría su origen en ellos.
El Super Camões hace el aprendizaje. Su idea básica consiste en medir la grandeza de un período literario por la grandeza de su máximo representante. El más alto representante tiene que ser un poeta pues la poesía es la más alta manifestación del espíritu. Es lógico que se dedique, bajo esta tesis, a buscar los poetas que representaron la cumbre de sus respectivas épocas. Toma de la mano a Homero y a Shakespeare, genios culminantes de la literatura y de las épocas en que surgieron. Sólo puede señalarse una evolución espiritual de la humanidad cuando surge un poeta más grande que el más grande anterior. Para Pessoa no ha aparecido alguien más grande que Shakespeare y, aunque no puede decirse que la humanidad no haya progresado desde entonces, lo cierto es que no ha alcanzado un punto culminante.
Pessoa mira constantemente hacia Shakespeare con una reiterada necesidad de medir fuerzas. Se pregunta si va por el camino de superarlo y constituirse él, el Super Camões, en el punto culminante de la evolución espiritual del hombre. El movimiento de renovación que sacude a Portugal es el preanuncio, los saudosistas lo encarnan. El encadenamiento de ilaciones es rápido: si el alma portuguesa representada por sus poetas encarna el alma recién nacida de una futura civilización europea, esa futura civilización europea será lusitana y, por consiguiente, encarnará en un genio, en un gran poeta.

2.2. - EL PAULISMO Y EL INTERSECCIONISMO
Un poema fechado el 29 de marzo de 1913 y que comienza con la palabra “pauis” da nombre a este otro movimiento que lanza Pessoa. El poema era vago, sutil y complejo, como lo exigían las categorías estéticas del “paulismo”. Le faltaba, no obstante, nitidez y plasticidad, elementos también exigidos. El “paulismo” centra la reacción pessoiana contra el simbolismo; se procura por todos los medios la objetividad contra el subjetivismo simbolista. La preocupación fundamental de nuestro poeta era la de apartar la poesía de los predios del Alma, de los dominios del análisis, para él subjetivos y degenerativos. Pessoa reaccionaba contra el destino trazado desde Baudelaire y que culminaba en Mallarmé, y al cual su propia poesía no escapaba. La poesía moderna era subjetiva, tenía al hombre como centro. Ya sabemos que Pessoa sentía horror por todo lo subjetivo. El “paulismo” surge como una fusión de la Naturaleza y del Alma, olvidando lo que en este sentido habían hecho los simbolistas. En su afán de contradecir al simbolismo, por ser “absolutamente subjetivo” y por el desequilibrio que dejaba entre el Alma y la Naturaleza, Pessoa se propone una poesía donde ese equilibrio es sólo aparente. “En efecto, no le era posible quedar entre la Naturaleza y el Alma sin manifestar una como artificial conciliación entre lo que el Alma siente y la Natualeza le sugiere. Poesía sin espontaneidad, pues Iernando Pessoa, si se permitiese ser espontáneo, se apartaría del punto de equilibrio favoreciendo, involuntariamente, el Alma en detrimento de la Naturaleza o, mejor dicho, favoreciendo, inmediatamente, la idea en detrimento le la realidad, una vez que él era mucho más intelectual que sensible, en el sentido de apreensión del mundo exterior”.
El “paulismo” se yergue, artificioso y en contraste con toda la orientación de la poesía moderna. Pessoa se ponía de espaldas a todo el encadenamiento lógico de la nueva estética: Baudelaire-Rimbaud-Mallarmé-impresionismo-decadentismo-futurismo-cubismo. . . El equilibrio entre subjetivismo y objetivismo no era lo básico. “La Naturaleza no era el Alma y el Alma la Naturaleza, contradicción perpetua, perpetua ambigüedad, pero la Naturaleza estaba en el Alma, el Universo en el Yo-una ‘correspondencia’ cósmica integraba al hombre en el mundo, armonizándolos”.
Pessoa lee a Poe; por su parte las cartas que Sá Carneiro manda desde París vienen cargadas con observaciones sobre Mallarmé y las pretensiones de Picasso con el cubismo. Una aproximación no consciente con Baudelaire y Mallarmé comienza a observarse. Toda la construcción metafísica del trascendentalismo panteísta, del saudosismo y el paulismo, estaba en los odiados simbolistas. La clave está en el odio pessoiano a la confidencia y en el deseo de hacer una poesía impersonal. No debemos olvidar que esta generación portuguesa se enorgullecería de colocar su poesía por encima del “trivial” erotismo. En Pessoa, el paulismo antecede a la aparición de los heterónimos.
Pessoa deja el paulismo y comienza su marcha hacia el lirismo clásico —de por medio el “interseccionismo”— variante del paulismo, alcanzando en aquél el equilibrio ansiado, pero no un equilibrio sintético, sino el de la auténtica poesía moderna.
Lind observa la inconstancia de Pessoa, el abandono continuo de la directriz establecida, y explica así por qué no logró formar escuela. Nuestro poeta se cansa rápidamente de sí y de lo que teoriza y ni siquiera sus amigos tienen tiempo de asimilar lo planteado. Ello explica también el abandono de Orpheu, que se extingue, al igual que el paulismo y el interseccionismo sin haber publicado, como era su misión expresa, las teorías y programas de los nuevos movimientos.
Entre 1915 y 1916 aparecen, para ser defendidos por los heterónimos, el “neoclasicismo” y el “sensacionismo”

2 3. - EL NEOCLASICISMO Y EL SENSACIONISMO
El “neoclasicismo” se manifiesta como una reacción contra el romanticismo, pero también contra la manera como aquél era entendido por Maurras, quien pretendía limitar a una época los principios clásicos. Nuestro poeta pretendía un “neoclasicismo científico”. Se lo atribuye a Ricardo Reis.
El análisis de la situación espiritual de Europa de comienzos de siglo, caracterizada por el latir de los ideales del pasado y el surgir de la vida moderna, preñada de ideas y sensaciones novedosas, lo lleva a decir que ‘el arte moderno debe por tanto: 1) o cultivar serenamente el sentimiento decadente, escrupulizando en todas las cosas que son características de la decadencia —la imitación de los clásicos, la limpidez del lenguaje, el cuidado excesivo de la forma— características de la impotencia de crear; 2) o bien vibrar con toda la belleza de lo contemporáneo, con toda la ola de máquinas, comercio, industrias...” Ambos van a ser asumidos, y así Reis se hace clasiscista y Alvaro de Campos celebrará la era de la máquina y del comercio con las odas “sensacionistas” (Ode Triunfal y Ode Marítima). Las contradicciones entre ambos enunciados, la reacción antirromántica y el postulado de un arte conscientemente decadente, aparecen nítidamente reflejadas, pues, en la obra de los heterónimos.
A los románticos les censura haber exaltado el sentimiento en detrimento de la razón. Para Pessoa la conclusión inevitable es la producción de un arte malo, ya que los románticos han tomado como punto de partida el sentimiento cuando la época lo que pide ardorosamente es inteligencia. Atribuye las características del ronanticismo a un estadio final de la tradición cristiana que produjo un arte emocional y subjetivo. Añade: “Cuanto mayor es la subjetividad del Arte, mayor tiene que ser su objetividad, para que haya equilibrio”. La crítica de Pessoa al romanticismo continúa con la falta de disciplina y de poder de construcción que les atribuye, volviendo de inmediato a su tesis sobre la encarnación en un poeta supremo de una época literariamente grandiosa; recuerda que los románticos no tienen un Dante o un Milton.
Al recordar que Grecia logró establecer el equilibrio entre el sentimiento y la razón, se p’antea cómo conciliar el ideal griego con la sociedad moderna en gestación o nacimiento. La disciplina fue la base de los griegos, pero para el hombre moderno resulta imposible orientar sus emociones por aquel modelo, lo que, al mismo tiempo, no significa que los principios básicos del arte hecho por aquéllos no estén vigentes para el creador de estos tiempos. Plantea la necesidad de conferir a la emoción un carácter universal y apela a Shakespeare a la hora de explicar la objetivización que cree necesaria. De esta manera, el artista sólo debe decir aquello que todos pueden percibir y apreciar, contrariamente al romántico que parte de sus sentimientos personales. Para Pessoa, la obra de arte debe ser claramente inteligible, no puede tener una multiplicidad de sentidos, tantas como lectores tuviese, como sostenía Valéry, por ejemplo.
“Apenas dos procesos para dar al poema su significado son considerados por Pessoa como admisibles: uno, alusivo, ocasionalmente también designado sugestivo, y, otro, inequívocamente explícito. Pessoa esclarece su concepción al observar que el poder de sugestión del artista no es idéntico a su inteligibilidad y que se puede escribir sugestivamente sin ser necesariamente claro. Con esto, Pessoa marca simultáneamente los límites que, según él, se debe imponer a la obscuridad, tantas veces censurada a la lírica moderna. Le parece admisible la obscuridad intencional del artista inteligente, pero al mismo tiempo, inadmisible la obscuridad diluida del incapaz”. Pessoa deja establecido que no se opone a las innovaciones, él mismo las protagonizará, pero le exige la condición de la claridad y de que tengan un solo sentido, dentro de la libertad que tiene el poeta de procurar nuevas combinaciones de palabras.
El clasicismo toma gran auge después de la guerra y ello se hace patente en el tributo que le pagan numerosos artistas, sólo que Pessoa se caracteriza como el luchador más insigne por redefinir el arte griego y dotarlo de nuevos poderes efectivos.

2.4.- Los HETERÓNIMOS TOMAN POSICIONES
Está claro que los heterónimos encuentran origen en la necesidad de Pessoa de formalizar opiniones literarias que creyó convenientes o propiadas para determinados momentos de la evolución europea. Tratándose de tesis, en muchos casos contrapuestas, precisaba de diferentes poetas que la sustentasen. Si bien es famosa la anécdota sobre los poemas que Alberto Caeiro escribe en una noche preso de súbita inspiración, tiene por cierto que tales hechos y tales poetas respondían a concepciones previamente maduradas en la mente de Pessoa, en caminos poéticos diversos previamente determinados y luego atribuidos a los diversos heterónimos. La gran cantidad de consideraciones teóricas que precede al nacimiento de aquéllos avala esta tesis. Pessoa se empeña, por el contrario, en hacerlos aparecer como instintivos e inconscientes.
Alberto Caeiro se asume como renovador del paganismo. Ya sabemos de la admiración de Pessoa por los griegos. Nuestro poeta proclama tres principios esenciales al mismo: la pluralidad de dioses como esencia de la mitología, la adopción de la creación como ideal humano y la consideración del universo como fenómeno esencialmente objetivo. Caeiro y Reis mostrarán en sus poemas tales principios. Ya sabemos la pasión objetivadora de Pessoa y, claro está, ella encontrará una fuente apropiada en el paganismo grecorromano. Se vuelve contra el cristianismo en ácidas críticas por estimar consustancial a éste el subjetivismo que él combate. Sus esfuerzos se dirigen a presentar aceptablemente la identidad entre paganismo y objetivismo. Reis y Caeiro personifican la asunción de ciertas reglas del arte griego que beneficiarán fundamentalmente al arte moderno. Alvaro de Campos, el dionisíaco, permanece al margen del neoclasicismo pessoiano.
La disciplina de ‘os griegos es la base del paganismo y del estoicismo. Aceptar la limitación de la obra de arte es consecuencia directa del objetivismo griego. Este decae por influencia del cristianismo que reniega de la herencia crítica de Grecia. Al considerar el cristianismo como causa de decadencias múltiples, en especial de la le Grecia, Pessoa enfila sus baterías a mostrar como fue causante del advenimiento del subjetivismo que lanzó a los artistas al interiorismo. El conflicto es, pues, permanente, en el plano cultural, entre Grecia y el cristianismo. Pessoa estima que todo el progreso de la cultura euroea se debe a las victorias del espíritu helénico, siendo la principal el Renacimiento, que patentiza de nuevo el principio individualista de los griegos. Lo que se debe hacer en los tiempos modernos, sostiene nuestro poeta, es volver al “objetivismo absoluto” de los griegos.
Ricardo Reis aparece como discípulo de Caeiro. Con el “maestro” tiene en común el reconocimiento a la primacía de la realidad exterior y el objetivismo absoluto. Conforme al ideal estético clásico, Reis subordina el sentimiento a la razón. Mantiene una furibunda polémica con Alvaro de Campos, el heterónimo que asume el sensacionismo. Campos dice que Reis es un arcaizante que limita la poesía a lo sublime; arguye que el poeta debe vivir las ideas emocionalmente y permitir que el ritmo se desenvuelva con libertad; Reis responde que Campos confunde poesía con prosa musical. Reis repudia toda confusión entre ideas y emociones, dado que entiende la poesía como música que se hace con ideas y, por tanto, con palabras. Si las emociones conducen al canto, lo que conduce a la poesía son las ideas. De esta manera, Reis ve a Campos como un romántico a quien las emociones desbordan e inundan.
Reis es el poeta en quien la identificación entre poema y teoría, clasicista claro, es perfecta. El afán de adecuar el poema a los enunciados teóricos priva a su poesía de espontaneidad. En Reis, la poesía pasa a ser una forma de demostrar los principios.
Alvaro de Campos, por su parte, responde a la necesidad de Pessoa de oponer a “Renascença Portuguesa” una visión propia del mundo. Afirma: “Los saudosistas representan la creación definida de un weltanschauung portuguesa; el movimiento estará completo cuando esa weltanschauung, una vez obtenida y definida, entre en actividad europea mediante el contacto con otras culturas. Es esto lo que el sensacionismo se propone hacer, y mucho hicieron ya sus artistas”. Es patente el carácter supranacional que Pessoa tribuye al sensacionismo por oposición al carácter meramente nacional del saudosismo. Alvaro de Campos asume la versión portuguesa del futurismo. Se trata de vibrar con lo moderno, con máquinas, comercio, industrias.
El sensacionismo presenta en coincidencia con el simbolismo la tendencia a la apatía y la renuncia así como la forma de enfrentar las sensaciones; rechaza lo que considera “actitud seudo- religiosa” de los simbolistas y la incapacidad de estos para el esfuerzo prolongado, la cual se traduce en la inexistencia de poemas largos y de construcción segura. La influencia futurista es admitida a través de las artes plásticas.
Como su nombre muy bien lo indica, el sensacionismo proclama la sensación como base del fenómeno artístico . Entre las sensaciones de este poeta y el “objetivismo absoluto” de Caeiro hay relaciones y algunos de los principios sensacionistas se asemejan a los planteamientos neoclásicos de Reis, en especial cuando afirma que el arte griego no interponía ninguna reflexión entre la “sensación inmediata” y el objeto.
“La base de todo arte es la sensación. Para pasar de mera emoción sin sentido a emoción artística, o susceptible de tornarse artística, esa sensación tiene que ser intelectualizada. Una sensación intelectualizada sigue dos procesos sucesivos: es, primero, la conciencia de esa sensación, y el hecho de haber conciencia de una sensación la transforma ya en una sensación de orden diferente; y, después, una conciencia de esa conciencia, esto es: después de ser una sensación concebida como tal —lo que da la emoción artística— esa emoción pasa a concebirse como intelectualizada, lo que da el poder para expresarla”. Pessoa se diluye en recobecos a los que es tan propenso.
Se proponía, realmente, una síntesis de todas las teorías literarias anteriores. Lo dijo al precisar la nueva “escuela” como un intento de “sentir todo de todas las maneras, de sintetizar todo, de esforzarse por expresarse de tal modo que dentro de una antología sensacionista esté todo cuanto de esencial produjeron Egipto, Grecia, Roma, el Renacimiento y nuestra época”. Afirma luego que el sensacionismo “no se asienta sobre ninguna base”, lo que carece absolutamene de sentido tratándose de aquello que se pretende una nueva corriente literaria. En realidad, en la base misma del sensacionismo estaba el rechazo a los delineamientos, fuesen del orden que fuesen. La función del arte es tomar las sensaciones y darles forma expresiva que, luego, al contacto con el lector se vuelvan a transformar en sensaciones.
El sensacionismo pretendía una renovación exclusivamente en los predios artísticos y esto constituye la diferencia esencial con el futurismo. Marinetti quiere destruir el pasado, preconiza la acción política, mientras Pessoa ve el pasado y el futuro como inseparables; baste recordar su constante apelar a las fuentes clásicas. Marinetti pretende eliminar de la poesía ideas y principios lógicos y hacerla renunciar a cualquier cordinación de sensaciones inconexas; Pessoa criticaba la falta de cuidado en la construcción del poema. Ambos ven las posibilidades científicas que asoma la modernidad como punto de partida para el arte nuevo. De manera que el “modernismo futurista” portugués debe a Marinetti sólo la formalidad y modernidad literarias.
Dos elementos del futurismo atraen a Pessoa: el anarquismo que lanza hacia la búsqueda de nuevos aspectos de la sensibilidad y la apología de la fuerza y la autoridad. Alvaro de Campos escribirá “Ultimatum”, elocuente pieza futurista. En la poesía, el futurismo estará en “Ode Marítima” y “Ode Triunfal”.

2.5. - TODOS LOS CAMINOS VAN AL MISMO SITIO
El “saudosismo” llama la atención de Pessoa porque para él representa la renovación del país a partir de la literatura, el primer síntoma de una eclosión literaria que llevaría a una eclosión civilizadora y, por consiguiente, al tiempo, al cambio de la triste realidad política. Pero, por encima de todo, “Renascença” pretendía “aportuguesar” la vivencia poética. Pessoa quería tomar el saudosismo para hacer de la Saudade una saudade del futuro.
El modernismo, de la mano de Pessoa, supera la necesidad de una nueva visión y sensibilidad para constituirse en instrumento de rescate del subconsciente portugués y transformarse en el motor de un pequeño pueblo que asume una tarea planetaria.
Todos los caminos de los “ismos” pessoianos conducen al mismo sitio. Tómese el hilo desde el saudosismo, pásese por el modernismo futurista, lléguese al Quinto Imperio y al Rey D. Sebastián, recórrase toda la construcción estética y política de Pessoa y el sentimiento original de que nunca se ha movido del mismo sitio se hará patente e inteligible: se trata de un todo presidido por la identidad entre poesía y Portugal o, lo que es lo mismo, por el reconocimiento y proclamación de la realidad portuguesa como de esencia poética. Lo tangible, la mediocridad política, la falta de grandeza, la superficialidad de los políticos y la ausencia de grandes escritores, lo confirmaban en sus previsiones, aunque tuviese que apelar a la fe y escribiese para convencerse a sí mismo más que a los demás.
A fin de cuentas, las transformaciones políticas se encontrarían en la poesía. La renovación literaria produciría una regeneración civilizadora que ocasionaría nuevas estructuras políticas; la poesía era la forma más grandiosa de la literatura y la grandeza encarnaría, por tanto, en un poeta, y el hilo de Pessoa se topa con un rey que murió en Marruecos y el Super Camões encuentra carne y huesos. Al final, la lengua, la palabra, la maravillosa palabra rige al poeta, lo preside todo, es la causa y final del viaje de la vida.























3
“ULTIMATUM”

3.1.- LA PARTE “DESTRUCTIVA” DEL MANIFIESTO
             Fernando Alvaro Pessoa Campos, como una vez lo llamara su amigo Sá Carneiro, escribe en 1917 “Ultimatum”. Es la respuesta en buena parte, a otro famoso ultimátum ocurrido en 1890, en aquella ocasión de los ingleses a Portugal, para que abandonasen los territorios africanos que ocupaban entre Angola y Mozambique. La cesión Portuguesa es calificada de “traición a la patria” y solo explicable debido al alto grado de corrupción del régimen. El hecho histórico llena de viento las velas de la República; ya en el año siguiente, en 1891, estallará en Porto la primera rebelión antimonárquica. El ultimátum inglés está en la base del nacionalismo exacerbado de “Renascença Portuguesa” y del propio Pessoa.
La sacudida del escrito de Alvaro Campos se inicia contra los escritores e intelectuales de la época, continúa contra los países a los cuales enrostra actuaciones y errores y llega a Portugal donde acumula las quejas. Alvaro de Campos resiente la inexistencia de alguna idea grande, de una nación completa, la ausencia de hombres con grandeza, de una corriente literaria “que sea siquiera la sombra del romanticismo a mediodía” o de un impulso militar con algún olor vago a las hazañas del pasado o de una corriente política que se parezca a una idea-grano. Para el desaforado Campos se vive en la época vil de lo secundario, de los lacayos, y Europa es Liliput. Proclama el desprecio por los europeos y a los autores de corrientes sociales, literarias y artísticas los llama “impotentes” para crear. El ataque es así general y total contra los escritores, estadistas y naciones.
“Ultimatum” es el subjetivismo sin límites; por ello lo atribuye a Alvaro de Campos, ya que Pcssoa parece plenamente consciente de la excentricidad del documento. El heterónimo se autoproclama como el juez Supremo de Europa y de su tiempo. La “venganza” contra la acción inglesa de 1890 explica que exceda lo meramente iario e intelectual y ataque toda la vida política en un afán de hacer tabla rasa y dejar despejado el camino para sus propias teorías e ideas.

France, Flaubert, Barrés, Chateaubriand, Bouret, Kipling, Shaw, Wells, Chesterton, Yeats, D’Annunzio, desfilan entre adjetivos desagradables y muchas veces injustos. No hay excepciones ni consideraciones de ningún tipo, el ataque tiene que ser total y la acción destructora sin excepciones. Europa ha perdido la savia creadora, los Jefes de Estado son incompetentes, los países no tienen rumbo cierto, las ideas están desfasadas y muertas. Francia, Italia, Austria, Alemaniá, Inglaterra, Rusia, Bélgica, España, Estados Unidos, son puestos en la picota están en quiebra los pueblos y agotados los destinos. Portugal deja la inepta Monarquía y se pudre en la República y Brasil no es un reservorio. El olor a podredumbre es asfixiante, hay que poner a todo el mundo fuera, abrir las ventanas para hacer respirable el aire. No se encuentra nada aceptable en las naciones, en las ideas políticas, en las corrientes literarias. Es evidente que todo debe ser reinventado, rehecho, reconstruido. Es menester la proclamación altisonante de las nuevas ideas y el señalamiento descarnado de los nuevos caminos. Alvaro de Campos dictará las vías y señalará las necesidades urgentes.
Simões sólo considera valiosa la “parte destructiva”, debido a la constante mistificación y al irrespeto que estima se produce a la realidad psicológica y a los límites del arte y de la literatura por adecuarlo todo al aparato lógico de una deducción, cierta sí en las premisas, las mismas de Marinetti, o sea, el desacuerdo entre el proreso técnico y la sensibilidad humana.
En “Ultimatum” es patente la influencia nietzs-chiana y el Super Camões aparece en toda su magnitud. El delirio aquí patente es fundamental para entender toda la estructura que levanta Ilestro poeta y explicarse sus páginas políticas y sociológicas. La presencia de Nietzsche es directa, pero también por vía de Marinetti. Como bien lo apunta Serrão, en “Ultimatum” se cruzan Nietzsche, el futurismo y el nacionalismo místico.

3.2. - LA PARTE “CONSTRUCTIVA”
Una vez removidos todos los valores, describe a Europa como hambrienta de futuro, necesitada de grandes poetas, ensayistas y generales. El político se necesita para que construya conscientemente los destinos conscientes de su pueblo, el poeta para que busque ardientemente la inmortalidad y no la fama (que eso es para las actrices y los productos farmacéuticos); los ensayistas y los poetas deberán encarnar una sensibilidad nueva, una inteligencia nueva, una voluntad nueva. Europa está cansada de no existir. Pronuncia la famosa frase: “Yo, de la Raza de los Descubridores, desprecio lo que sea menos que descubrir un Nuevo Mundo”. El se considerará “suficiente” para indicar el camino.
El Quinto Imperio aparece ya en este documento. En el camino de su construcción hay que volver a las raíces paganas y combatir el catolicismo y el cristianismo primitivo. La búsqueda de ese Paganismo Superior llevará a las fuentes helénicas y a su adecuamiento a las exigencias portuguesas. Un heterónimo, António Mora, filósofo, escribirá al respecto numerosas páginas; el cambio total de valores se asocia con la idea de la meta imperial, que veremos a su debido tiempo, para lo que se necesitaba la destrucción del cristianismo, culpable de todos los equívocos, cegueras y errores de Europa y que se presentaba como una espesa capa de barro que había que levantar. La verdadera cara era sólo visible para alguien muy especial, para un Super Camões asumido, a la vez, como un Anti-Cristo.
El propio Pessoa lo dice con claridad: “El Cristianismo está en liquidación. Por todos lados se deteriora y debilita. Lo que era misticismo e interioridad lo abandona, para formar la substancia de los diversos agrupamientos ocultistas que pululan por todo el mundo. Lo que era aspiración humanitaria lo abandonó hace un siglo, absorbida por el bizantinismo Sociológico de los demócratas, de los socialistas y de los anarquistas. Lo que era tendencia imperialista, impulso para la absorción, dejó de ser específico fenómeno cristiano: pasó al campo Político, aunque la fiebre de dominio que agita a las alocadas sociedades contemporáneas es todavía un fenómeno cristiano, descolocado de su lugar religioso. Así, el cristianismo se descompone, pasando, como en todas las decadencias, sus elementos componentes a tener una vida propia, a actuar separadamente del cuerpo al que pertenecían y formaban. O estamos, por tanto, en una decadencia final de nuestra civilización; o estamos apenas en un punto de ella en que se va a deshacer del cristianismo. Si el cristianismo es realmente una religión independiente, la primera hipótesis es justa; si es un paganismo adulterado, la segunda es la probable”.
Pessoa precisa los elementos de tal disolución y escoge los blancos prioritarios. Habrá que atacar el humanitarismo y la democracia, oponer resistencia al imperialismo moderno, a imagen y semejanza de la Iglesia Católica; en suma, invertir algunos valores esenciales del cristianismo. En su proceso de análisis de las pasadas civilizaciones y de la comprobación repetida de la acción cristiana destruyendo los viejos dioses paganos, responsables de las virtudes cívicas y la armonía y la disciplina, concluye, invariablemente, con que no habrá paz en las almas hasta que no llegue el Antí-Cristo.
Este, en la óptica de nuestro poeta, debe reunir varias características: ser conscientemente el Anti-Cristo; ser, como aquel a quien combate, una fuerza espiritual y ser representante de la Inteligencia por oposición al sentimiento. Ese Anti-Cristo no es alemán, por el contrario, será lanzado al mundo por el mismo país que lanzó los descubridores. Por las características espirituales del Anti-Cristo y el espacio donde deberá librar su batalla, el de las ideas, ya los lectores habrán comprendido que estamos inmersos en Pessoa, que nunca lo hemos abandonado, que el Anti-Cristo, es asumido como un fenómeno cultural, que forma parte de la misma cadena que Convierte la proclamación altisonante contra naciones y gobernantes de “Ultimatum” en una tarea cultural.
Pessoa dijo: “Me aflige la idea de que se encuentre una solución para los más altos, más nobles problemas de la ciencia, de la filosofía; la idea de que algo pueda ser determinado por Dios o por el mundo me llena de horror. Que las cosas más graves se concreten, que un día los hombres lleguen a ser todos felices, que se encuentre una solución para los males de la sociedad, aun en su concepción, me enfurece. Y con todo no soy malo ni cruel; soy loco, y eso de una forma difícil de concebir”.
Serrão observa que Pessoa, incapacitado para trascender su propio psiquismo, intentará la salvación de la anti-vida que fue la suya mediante una teorización que en vez de buscar comprometerse con las cosas procura sobreponerse a ellas, reducirlas a meras apariencias. Si la felicidad no tiene sentido, porque es apenas una apariencia falaz, hay que excluirla radicalmente. Todas las soluciones político-sociales viciadas de cristianismo deberían ser excluidas por igual, dado que la fraternidad, el diálogo y el acuerdo chocan con su concepto pagano de fuerza, violencia e inteligencia descarnada. Lo único realmente trascendente es el genio individual que originará una reformulación civilizadora. En otras palabras, Pessoa queda preso dentro de sí: Super Camões perdido en los laberintos que traza y en las estructuras que levanta.

3.3. - LA LEY DE MALTHUS DE LA SENSIBILIDAD
Alvaro de Campos, concluida la andanada destructiva y delineados los puntos esenciales, se lanza a proclamar una Ley de la Sensibilidad: “Los estímulos de la sensibilidad aumentan en progresión geométrica; la propia sensibilidad apenas en progresión aritmética”. En consecuencia, propone la adaptación artificial de la sensibilidad a los estímulos y la define como “un acto de cirugía Sociológica”. En otras palabras, se trata de violentar la sensibilidad a fin de hacerla apta para la progresión de los estímulos, aunque piensa que esta adaptación puede tomar el camino de la espontaneidad sí se eliminan las adquisiciones fijas del espíritu humano derivadas del cristianismo. Esto lo llama “intervención quirúrgica anticristiana”.
Para lograr esta adaptación artificial es preciso abolir, en primer lugar, el dogma de la personalidad (que tengamos una personalidad separada de los otros lo considera una ficción teológica). Las consecuencias que asigna a esta acción son: la abolición total del concepto de democracia, abolición total del concepto de que cada individuo tiene el derecho o el deber de expresar lo que siente (sólo tiene este derecho el artista, cuyo arte sea una Síntesis-Suma, y sienta, así, por varios) y la abolición del Concepto de verdad absoluta. El filósofo pasará a ser intérprete de subjetividades cruzadas siendo el mejor filósofo el que mayor número de filosofías espontáneas encuentre; como todo es subjetivo —cada opinión es verdadera para cada hombre— la mayor verdad será la Suma-Síntesis-interior del mayor número de estas opiniones verdaderas.
“Ultimatum” sigue aboliendo, y ahora se trata de extirpar el preconcepto de la individualidad. Que cada alma es una e indivisible es otra ficción teológica, por lo que es menester seguir los postulados de la ciencia, según la cual cada uno de nosotros es un agrupamiento de psiquismos secundarios, una síntesis mal hecha de almas celulares. Las consecuencias serán la abolición de toda convicción que dure más que un estado de espíritu y la desaparición completa de toda fijación de opiniones y de modos de ver. Desaparecen así todas las instituciones que se apoyen en la creencia de que toda opinión pública dura más de media hora, De esta manera, la solución de un problema, en un concreto momento histórico, será dada por la coordinación dictatorial de los impulsos del momento de los componentes humanos de ese problema. Quedan abolidos el pasado y el futuro, como elementos a tomar en cuenta en las soluciones políticas. En el arte, queda abolido el dogma de la individualidad artística; así, el mayor artista será el que menos se defina, el que más se contradiga, puesto que un artista no puede tener una sola personalidad. Queda abolida la verdad como concepto filosófico. La filosofía es reducida al arte de tener teorías interesantes sobre el Universo; el filósofo mayor será el que tenga mayor cantidad de teorías, no relacionadas entre sí, sobre la existencia.
En tercer y último lugar, Campos proclama la necesidad de abolir el dogma del objetivismo personal. El cálculo es así: la objetividad es una “media” grosera entre las subjetividades parciales. Si una sociedad fuere compuesta de cinco hombres (a, b, c, d, e) la “verdad” o la “objetividad” para esa sociedad tendría que representarse así: a,b,c,d,e.
                         
Los resultados concretos de todo este proceso exterminador serán: En política: la aparición de una Monarquía Científica, antitradicionalista y antihereditaria, absolutamente espontánea por la aparición imprevista del “Rey Media”. Relegación del pueblo a su papel científico natural de mero fijador de los impulsos del momento. En arte: representación de la expresión de una época por treinta o cuarenta poetas o por dos poetas cada uno con quince o veinte personalidades. En filosofía: integración de la filosofía en el arte y en la ciencia, desapareciendo, por tanto, como metafísica-ciencia. Desaparición de todas las formas de sentimiento religioso (desde el cristianismo al humanitarismo revolucionario) por no representar una “Media”.
Como es obvio, la adaptación artificial de la sensibilidad de la persona humana a condiciones sociales creadas está en la base del totalitarismo. Alvaro de Campos queda también inmerso en las teorías colectivistas al procurar la abolición del Hombre individual, a la vez que lleva a sus últimas consecuencias la proclamación de Marinetti sobre el Hombre-múltiple. Los totalitarismos estaban a las puertas de Europa, y entraron triunfantes.
Las consecuencias que Pessoa-Campos entrevé son abiertamente arbitrarias y en buena parte deben buscársele explicaciones en el ocultismo. Por supuesto que admite que él no conoce el método para llegar a los resultados proclamados que lo conoce “su” generación y que si él lo supiese sería él mismo toda la generación. En todo caso, proclama la venida de la Humanidad de los Ingenieros. “Ultimatum” se cierra: “Proclamo para el futuro próximo la creación científica de los Super Hombres. Proclamo la venida de una Humanidad matemática y perfecta. Y proclamo también: Primero: El Super Hombre Será, No el más Fuerte, Pero sí el Más Completo. Segundo: El Super Hombre Será, No el Más Libre, pero Sí el Más Armónico. Tercero: El Super Hombre Será, No el Más Duro, pero Sí Más Complejo. Proclamo esto bien alto, en la barra del Tajo, de espaldas a Europa, con los brazos en alto, mirando fijamente el Atlántico y saludando abstractamente el Infinito”.

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DE LA MONARQUIA A LA REPUBLICA Y PESSOA EL ENSAYISTA POLITICO

4.1. - DESDE LA INDEPENDENCIA DE BRASIL HASTA EL “ESTADO Novo”
Cuando Brasil se independíza, en 1821, la situación de Portugal se torna dramática. No fala, incluso, quien plantee la unidad ibérica como único remedio posible. El país se vuelve hacia Africa, donde tenía territorios desde la época de los descubrimientos, pero apenas poblados en las costas o en accesos cercanos. La idea de desarrollar un nuevo imperio toma cuerpo, sólo que el planteamiento coincide con la avalancha europea sobre el continente negro. Una competencia especialmente fuerte tendrán los proyectos portugueses de parte de Inglaterra.
A comienzos del siglo XIX las fábricas de Su Majestad británica producían, sólo en algodón, 50 millones de libras anuales. En 1890-95 la cifra alcanzará a 700 millones. Los primeros conflictos surgen en torno a la esclavitud, asociada, en este caso, a las plantaciones de algodón para las cuales la tierra africana se revelaba especialmente apta. En Londres se desata un movimiento de opinión que trata de poner coto a los abusos cometidos en la explotación algodonera mediante esclavos. La máquina de vapor vendrá a liberar la necesidad de esta mano de obra, pero al mismo tiempo impedirá la concurrencia inglesa en territorios donde aún ésta era necesaria. Así, el pretexto de los buenos samaritanos del capitalismo inglés, es utilizado para presionar a los países que mantienen la esclavitud y los métodos superados por el comienzo de la era industrial. El reclamo inglés contra Portugal se fundamenta, pues, en que éste no da pasos para eliminar la esclavitud en territorios situados al norte de Luanda. En 1833, el gobierno portugués había enviado tropas a esos territorios, entonces desocupados, ante la vehemente protesta inglesa. Se trataba de que estaba próximo el río Zaire, considerado de importancia estratégica fundamental para el dominio económico de buena parte del sur de Africa. La disputa se prolonga durante años y sólo cesa al aceptar Inglaterra el hecho de la ocupación, a cambio de la promesa portuguesa de abstenerse de nuevas acciones de este tipo.
En 1870 se caldea la disputa sobre el dominio le Africa. La formación del Imperio Alemán rompe el equilibrio europeo y cada potencia procura su propia fortaleza interna mediante la extensión de sus dominios africanos. Bélgica ocupa el Congo, e Inglaterra, ante la nueva perspectiva geoestratégica, prefiere que sea un país débil, Portugal, el que ocupe la desembocadura del río Zaire. Se plantea un acuerdo en que Su Graciosa Majestad británica, luego de haberlo estimulado, respalda la presencia lusitana, no sin lograr una claúsula favorable a sus intereses y que daba ventajas especiales a sus buques; la buena cara es mantenida permitiendo ciertas libertades a la navegación internacional. Los portugueses lo rechazan y piden una conferencia internacional para discutir sobre Africa. Se realizará, y será conocida como la “Conferencia de Berlín” (1885).
Concurren no sólo los directamente interesados (Portugal, Francia, Bélgica, Inglaterra), sino también otros que alguna tajada desean lograr (Alemania, Austria, Dinamarca, España, Italia, Holanda, Suecia, Noruega, Turquía y Estados Unidos). Reunidos, entran a fijar las reglas del juego de la expoliación de Africa. Surge la tesis de la posesión efectiva y de los derechos mostrados por la posesión presente, por contraposición y rechazo a los alegatos basados en supuestos derechos históricos. En otras palabras, se proclama la ley de la fuerza y de la dominación militar real, como único título válido. Portugal, en parte, acepta el juego, y se apresura a ocupar las regiones comprendidas entre Angola y Mozambique. Los sueños imperialistas portugueses comienzan a denominarse “el mapa rosado”, en referencia a un mapa de este color anexo al Tratado de 1886, firmado entre Portugal y Alemania. Inglaterra no gusta de ese mapa (incluía lo que hoy son Zambia y Africa del Sur), puesto que adversaba su propio proyecto imperial, si se quiere su propio “mapa rosado”, que abarcaba un inmenso dominio desde Egipto hasta el Cabo de Buena Esperanza.
Basándose en los acuerdos de Berlín, Portugal trata de rescatar sus afectados “derechos históricos” apelando a la existencia de antiguas fortalezas militares lusitanas en esos territorios. La respuesta inglesa fue típica del lenguaje de Albión: las fortalezas en ruinas sólo prueban soberanía en ruinas.
El 11 de enero de 1890 una flota inglesa exigía a Portugal que retirase las tropas estacionadas en el Valle de Chire y un crucero fue destinado a esperar la respuesta. Este episodio es el conocido históricamente como “ultimátum inglés” y marca el siglo XIX lusitano y la posterior evolución de este país. Ya hemos visto cómo Alvaro de Campos desata sus furias en las páginas le titula “Ultimatum”. Se ve a las claras que el hecho deja una marca profunda. El desafío de grandes potencias en Africa era el tema dominante de toda conversación en Portugal. En
tiempos en que la Oposición alegaba que no se hacía lo suficiente por mantener el imperio africano se produce el ultimátum inglés que lleva los ánimos al paroxismo: las señoras entregan las joyas para la defensa, a Camões se le colocan crespones luctuosos, los caballeros se negaban a hacerse trajes de casimir, en los hoteles se negaba alojamiento a los ingleses y, en fin, el patriotismo corría suelto por las calles de Lisboa. La inteligencia despierta de Eça de Queiroz, Cónsul en París, define exactamente el terrible golpe sufrido por los portugueses y la sucesión de acontecimientos que se desatará en la historia y en el corazón de muchos hombres, incluido Fernando Pessoa. El escritor dice: “Nunca, creo yo, hubo antes de éste, un momento en que Portugal moderno estuviese tan despierto y tan atento. O mi ingenuidad es grande, o hay ciertamente algunos millares de hombres en Portugal que desean otra cosa, sin saber qué es”.
El gran sueño imperial en Africa es cuestionado, la salida de los problemas económicos es drásticamente obstaculizada y el pequeño país vuelve a encontrarse sin proyecto y sin camino. La reacción se desatará contra el régimen que había cedido frente a los ingleses; no importarán las explicaciones sobre la propia debilidad y la evolución de la Europa colonial. Estarán dadas las condiciones para la reacción anti-monárquica y el planteamiento de la República como salida y Solución.
Los antecedentes republicanos en Portugal se encuentran en varias décadas anteriores al ultimátum inglés. Se encuentran, por ejemplo, en los ideólogos radicales de 1820, acrecentados en 1848-1851 por influencia de los acontecimientos franceses de 1848 y fortalecidos significativamente en el 51 por la edición de dos periódicos que popularizan tales ideas, a saber, “La RePública” y “Eco de los Obreros”, a la par de la aparición de un libro de Henrique Nogueira, “Estudios sobre la Reforma en Portugal”. En 1870, el republicanismo comienza a vislumbrarse como una posibilidad real, dadas las influencias exteriores, como la proclamación de la República Española en 1868 y en Francia ese año. En el plano interno, ya se puede encontrar una generación de estudiantes bien preparados, harta de paz porque había crecido y se había desarroIIado en ella, y estaba deseosa de cambiar el mundo circundante; puede anotarse también el surgimiento de una incipiente clase media.
La polémica es abierta y los monárquicos tienen que enfrentar a los republicanos en discusión intemperante. La acusación fundamental de los defensores del viejo régimen contra los emergentes es que carecen absolutamente de programa. Ello es verdad, dado que la República se presenta más como una aspiración que como un proyecto concreto; así es reconocido por los propios republicanos. Al fin y al cabo, la lucha no podía plantearse en el plano de las ideas, dado que no diferían las sustentadas por ambos bandos: capital, propiedad, libertad, patria. Algunas voces impregnadas de socialismo quisieron llamar la atención sobre la necesidad de cambiar el sistema económico, pero los republicanos esquivaron cuidadosamente el asunto y se alejaron del planteamiento de cuestiones estructurales.
Los planteamientos republicanos eran simples: patriotismo y anticlericalismo. Patria era equivalente Camões, por lo que siempre el movimiento procuró utilizar el nombre del poeta. En un país secularmente católico, el anti-clericalismo alejaba la clientela, especialmente entre las mujeres y en las aisladas provincias. Es de destacar que el máximo representante del positivismo portugués, Teófilo Braga, fue el Presidente del Primer gobierno republicano.
El clero, los propietarios, los oficiales, la jerarquía administrativa, la gente de provincia y alta burguesía de Lisboa, sostenían la Monarquía. Los intelectuales, los periodistas, los estudiantes, los sargentos, los obreros, la burguesía emergente y una pequeña parte de las clases medias, empujaban la República. En 1907, el Rey trata de frenar la evolución de los acontecimientos tomando el camino de la dictadura, tare encomendada a João Franco. Se fija el execramento en Africa como pena para los delitos políticos, medida sólo reservada hasta entonces para los crímenes comunes muy graves. En medio de la excitación provocada por tal decisión, dos individuos asesinan al Rey D. Carlos y al heredero del trono. A Franco lo hacen dimitir. La absoluta incapacidad de los republicanos para aprovechar políticamente el regicidio es quizás la mejor prueba de que nada tuvieron que ver con él, atribuible entonces a fanáticos aislados. La Monarquía Constitucional de D. Carlos se sostenía gracias al prestigio de éste y el asesinato siembra el vacío y la confusión. El Rey D. Manuel asume el trono, pero la suerte está echada. En la noche del 3 de octubre de 1910 estalla la rebelión. Participan tropas de la marina y del ejército y organizaciones revolucionarias del Partido Republicano. Como acontece en estos casos, buena parte de los conjurados se asusta a última hora y el Almirante Reis, jefe de la conspiración, se suicida ante las desconsoladoras noticias. No obstante, los civiles en rebelión logran resistir; el apoyo a la conjura por los navíos de guerra anclados en el Tajo inclina la balanza: el día 5 el Rey marcha al exilio. No hay oposición ninguna a la proclamación de la República. Un gobierno provisional presidido por Teófilo Braga asume el poder. Es proclamada la nueva Constitución y decretadas las leyes de divorcio, de familia, de separación entre la Iglesia y el Estado y se fundan las universidades de Porto y Lisboa.
La paz interna en el republicanismo dura poco. Las facciones diversas, unidas en el objetivo común de derrocar la Monarquía se resienten de la falta de un programa único. La corriente radical, marcada por un anti-clericalismo extremo, se enfrenta a la corriente moderada partidaria de la concilíación y la transigencia y que contaba con respaldo en los altos niveles de la burguesía republicana. La tendencia radical da nacimiento al Partido Democrático, liderizado por Afonso Costa, y la segunda a dos, el Evolucionista (de António José de Almeida) y el Unionista (de Brito Camacho). En 1913 Costa Ileará a la Presidencia y los otros dos partidos se lanzarán a una feroz Oposición.
La primera Gran Guerra es también causa de lis divisiones en el seno republicano. El Partido Democrático quiere entrar al conflicto, pues argumenta que es la única vía para defender las colonias; así lo impone, dado su alto grado de popularidad. La izquierda, inclinada por los aliados, se enfrenta a la derecha, inclinada por los alemanes, a quienes proclaman defensores de la autoridad y el orden. La entrada a la guerra impone una tregua en la lucha (la llamada “Unión Sagrada”), pero ya a finales de 1917 los sectores opuestos a la guerra desencadenaron la rebelión comandada por Sidonio Pais e impusieron la dictadura. La implantación de la elección del Presidente por votación directa lleva a la legitímidad del gobierno de Pais, sólo que en 1918 el Presidente es asesinado y, en medio de la confusión, sidonistas y monárquicos tratan de hacerse con el poder; la Monarquía llega a ser proclamada en Porto, episodio conocido como la “Monarquía del Norte”.
Pereira Marques describe así el panorama previo:   “En 1917, la situación no podía ser peor: la “unión sagrada”, establecida debido a la guerra, entre los principales partidos republicanos (Democrático y Evolucionista) de Afonso Costa y de António José de Almeida se revelará precaria y será el primero quien acabe, al frente de sus correligionarios rigiendo los destinos del país. La inestabilidad Política, la agitación parlamentaria las luchas partidarias, el desgaste de las instituciones aumentaban, al tiempo que se agudizaban las tensiones sociales debido a la degradación del poder de compra y del nivel de vida de las poblaciones. La República, hacía únicamente siete años acogida con el entusiasmo de Ias grandes esperanzas, veía su base de apoyo disminuir y sobrevivía en la clientela alimentada por el partido en el poder, por unosn cuantos estratos sociales urbanos y por aquellos que vivían de la especulación y de la corrupción que la guerra hiciera fructificar. La breve dictadura de Pimentta de Castro (1915) no pasó de un incidente más dentro de los muchos que había sembrado la corta y agitada historia del régimen establecido el 5 de octubre . . .”

Todo ello facilitaba la salida dictatorial de Pais. Este había sido un universitario brillante, diputado en 1911 y ex Embajador en Berlín. Se ve obligado a vestir el uniforme militar que ya había olvidado, pues estaba en la reserva. Su mensaje fue el que la nación esperaba oir: paz, orden, reconciliación, denuncia de la demagogia y de la corrupción, profesión de fe republicana, integración de todos los partidos en un gran movimiento nacional. Reune a su lado desde civiles prominentes hasta cadetes, desde señores de la clase dominante hasta obreros.
Es absolutamente importante conocer las esperanzas que encarna Sidonio Pais para entender las diferencias de lenguaje de Pessoa en relación a este tiempo, en que a ratos condena la República (la vieja, la corrupta) y defiende la República (la nueva, la que parece tomar el camino marcado por los ideales) y, sobre todo, los poemas que escribe al Presidente-Rey, suma de las posibilidades y tal vez plataforma de arranque para los sueños pessoianos de una regeneración lusitana. Para Pessoa, Sidonio Pais es una frustrada reencarnación del Rey D. Sebastián. El asesinato del Presidente-Rey devuelve a Portugal a las sombras y a la inestabilidad, en la óptica de nuestro poeta.
La Primera República vive en la agitación. El fin de la guerra muestra en toda su dimensión la crisis económica y social. Se desvaloriza el escudo, la inflación acaba con las pequeñas economías que estaban capitalizadas en títulos de crédito del tesoro que pasan a no valer nada; los obreros recurren frecuentemente a la huelga, la burguesía entra en pánico. El Partido Democrático se divide; Afonso Costa anuncia su retiro de la política y se marcha a vivir al exterior. En 1924 se oye en Lisboa, como un lema: “Sólo la dictadura nos puede salvar”.
El gobierno del Partido Democrático tiene 22 meses en el poder, lo que resulta un período demasiado largo no sólo para la oposición, sino para las propias facciones disidentes del partido gubernamental, de manera que apelan al recurso del golpe de estado. El 28 de mayo de 1926, el General Gomes da Costa proclama, en Braga, la revuelta. El 17 de junio toma el poder. Comienva así la dictadura militar (1926-1933).
Los juicios sobre la Primera República son variados. Para algunos el balance es absolutariente negativo, dado que desorganizó el Estado, retardó el progreso económico, agravó la dependencia semi-colonial frente a Inglaterra y sustiyó la autoridad por la demagogia. Otros alegan, en descargo, que hizo interesarse al pueblo en el proceso político, que defendió los dominios ultramarinos, que dio buenos pasos en materia educativa y que, al fin y al cabo, fue la primera experiencia de gobierno democrático.
Lo cierto es que la dictadura militar ve agravarse los problemas que encontró. Basados en el criterio de que el problema fundamental era el orden público, los gobernantes ven en cualquier disidencia un atentado. En 1927 las fuerzas derrocadas tratan de recuperar el poder en un episodio que se conoce como “Revolución del 7 de febrero”. La dictadura no consigue otra forma de salir de la crisis económica que recurrir al empréstito extranjero. Inglaterra y la Sociedad de Naciones imponen, para concederlos, condiciones consideradas atentatorias contra la dignidad nacional. Es llamado, con la finalidad de imponer orden en las finanzas, un profesor de la Universidad de Coimbra de nombre António de Oliveira Salazar. El profesor procura equilibrar el presupuesto, estabilizar el escudo y disciplinar la administración. Su prestigio crece de manera desbordada y ya en 1929, es considerado como la única cabeza que piensa en el seno de la dictadura. En 1932, es nombrado Presidente del Consejo de Ministros. Procura sustituir la situación de inestabilidad. En 1933, somete a plebiscito una nueva Constitución que resulta abrumadoramente aprobada. Esta Carta está marcada por una reacción contra el parlamentarismo y no autoriza el funcionamiento de partidos. Seguirá la censura, y la Oposición marcha a la clandestinidad. Portugal vivirá el “Estado Novo”.
Un poeta seguirá febrilmente la evolución política de su país y amontonará ensayos sobre ensayos en los baúles. Este poeta morirá en 1935, cuando el régimen fascista llevaba tres años.

4.2. - Los PROYECTOS
Pessoa no termina sus ensayos políticos. Hay esquemas, notas, índices y proyectos. Siguió paso a paso la evolución histórica portuguesa y, en cada ocasión, escribió. Cada movimiento lo impulsaba a modificar lo escrito, a alterar los títulos de los libros previstos y el orden de las materias. Sucedía que los acontecimientos se le escapaban de las manos, le demostraban que podían actuar independientemente de su pluma. Pessoa no quería otra cosa sino que su literatura presidiera los hechos, provocarlos, como cuando quiere escribir un libro titulado “República de Portugal” para que se haga una revolución. Frente a la realidad política, la actuación única que se le viene a la cabeza es escribir, es decir, el afán patriótico que lo domina lo lleva a delinear proyectos literarios. El proceso histórico lo hace inconstante porque, aunque no lo admita de manera expresa, comprueba, cada vez, que vive en una ficción, que Portugal anda independientemente de lo que él piensa y que los libros que pueda acabar no determinarán la marcha de los acontecimientos. El encierro en la literatura como suprema asunción de la actividad política y de marca y puntualización del devenir histórico se le revela inútil, pero sigue escribiendo sin terminar, sin concluir, sin redondear jamás, la obra que busca aquel objetivo mesiánico e imposible, tal vez porque concluirla haría brotar en toda su magnitud la imposibilidad que lo atenaza y en la cual afinca todo.
El poeta solitario, genial, consciente de sí mismo, amontona páginas sobre el carácter del hombre portugués, analiza el destino de Iberia, traza una teoría política anti-democrática y aristocrática entremezclada de mesianismo judaísmo y cábala, hace de la literatura y de la Poesía, en concreto, la base de la regeneración civilizadora de Portugal y de Europa, se proclama Super Poeta, se lanza a procurar la figura de aquel Rey llamado Sebastián que vive en la memoria colectiva lusitana para hacerlo reencarnar en una conjunción de mito y de destino auto-asumido y concluye delineando un nuevo Imperio Espiritual, J Quinto Imperio, donde se realizará como Poeta que marca un avance espiritual de la humanidad.
Proyectos excéntricos y extraordinarios son los ocupantes de aquel cerebro atormentado, herido de impotencia, que hace viajes fabulosos y retorna a sí mismo, en un ir y venir interminable que sólo parará la muerte.
De esta manera, Pessoa jamás interviene en la política activa, no puede; ello resulta contrarioa todo el esquema mental que lo rige; sería absurdo verlo en reuniones o conspirando con una de las facciones de aquella democracia que detesta, de aquellas intrigas menores tan alejadas de la concepción grandiosa que lo envuelve. No podrá —ello forma parte del esquema— escapar a la manifestación de simpatías o antipatías, de la condena o de las absoluciones, de la ira o de las esperanzas circunstanciales. Procurará hacer un análisis “científico”, encerrarse en la “sociología” (lo repetirá hasta el cansancio), haciendo presidir cada página de la advertencia “sociológica” y deteniéndose en el trazado de esquemas y en la división y subdivisión de tesis y explicaciones que hacen difícil y enervante seguir su pensamiento.
Asocia la naciente República al movimiento poético, y en los primeros escritos para Aguia sobre “La Nueva Poesía Portuguesa” advierte sobre la coincidencia del nacimiento del nuevo movimiento con el cambio de régimen. Siendo así, aquel movimiento tiene que buscar dentro del republicanismo el futuro glorioso deducido. Ser monárquico se le antoja entonces como una traición al alma nacional. Claro que las decepciones que aquel republicanismo le ocasionan lo llevan de inmediato a proclamar que ser correligionario o adepto de aquellos republicanos que actúan en la realidad política equivale también a traición. Para mantenerse en sus posiciones, para auto-convencerse, vuelve, en esos artículos, a buscar la confrontación histórica con Inglaterra y Francia; encuentra cómo el período isabelino no mostraba a los ingleses, de entrada, el “gobierno popular” que habría de ser creado Había, entonces, que mantenerse fiel al republicanismo pero, al mismo tiempo, ser adversarios irreductibles de aquel que actuaba y se consumía. Pensaba que en breve asomarían los indicios del futuro brillante, que el Super Camões actuaría en cualquier momento, que, con certeza, no se de- moraría en alzarse como nuevo Shakespeare para iniciar al espíritu en aventuras civilizadoras grandiosas.
La autoconfjanza en el futuro lo lleva a proclamar la necesidad de no actuar, a no ser negativamente, y sólo por desahogo, contra los que desgobernaban el país. Insiste en que primero será la teoría y luego aparecerá quien la ponga en práctica. La referencia al hombre de fuerza que habrá de imponer la nueva orientación es una constante. Pimenta de Castro (1914), Sidonio Pais (1917), Gomes da Costa (1926) van pasando sin encarnar al Cromwell portugués. Salazar nunca le parecerá esa encarnación. Respaldo abierto sólo sentirá por Sidonio Pais y eso después del asesinato. Escribirá sus famosos poemas “Mensagem” y “A Memoria del Presidente-Rey Sidonio Pais”.

4.3. - LA REPÚBLICA, “REDENCIÓN DE PORTUGAL”
La implantación de la República en Portugal fue presentada como una resurrección, como un acto milagroso que devolvería la grandeza perdida, como un acto de magia que haría volver aquel país que había “dado mundos al mundo”. La euforia, propia de los portugueses que ven resurrección en cualquier cambio político, está fielmente retratada por el poeta Antero de Quental, lo que da también la medida de la apuesta de los escritores e intelectuales en el derrocamiento de la Monarquía. En efecto, Quental aseguró: “Pero qué noble y alta gloria para el pueblo que apareció en la historia abriendo a Europa el camino de un nuevo mundo, concluir ahora su misión presentando a las naciones maravilladas, no ya un nuevo continente, pero sí un nuevo mundo social, un mundo de justicia, la Repúbljca. Palabras tan exaltadas y fuera de tono, marcan el ansia portuguesa de encontrar nuevos motivos de gloria.
El republicanismo se presenta sobre la base de búsqueda y reformulación de la identidad nacional, bajo el signo de un resurgimiento patriótico; en el lenguaje, resulta determinante el timbre “revolucionario”, pero en verdad es sólo un movimiento reformista que no pretende cambios profundos y modificaciones sustanciales, sino que los limita al aparato político, a la sustitución de un sistema político por otro. En el fondo, el republicanismo es movido por la fuerza que ya no soporta a la Monarquía, es decir, la burguesía, y será ella la que determine los alcances del movimiento.
Recordemos que luego de la independencia de Brasil, Portugal se volcó a la construcción de un nuevo Imperio en Africa. El ultimátum inglés de 1890, produce una inmensa sacudida que es transferida al sistema político. El argumento es que Portugal fue capaz de grandes hazañas en el pasado y que, por tanto, la ofensa británica no alcanzaba al país, que sólo se trataba de una afrenta al sistema político y que la nación, propiamente dicha, salía incólume del hecho. La culpable era, pues, la Monarquía, que desgobernaba y conducía al país a la bancarrota. Había que destruir la Monarquía que se atravesaba e impedía el reencuentro místico de la nación consigo misma y proceder a la reconstrucción de la “patria portuguesa”. Ahora bien, ¿dónde radicaría la grandeza? La solución seguía estando en el continente negro y la búsqueda debía dirigirse a la construcción de nuevos “Brasiles africanos”. La República retomará la idea que, al fin y al cabo, es la esencial de toda la historia contemporánea portuguesa.
La burguesía tiene papel dominante en Portugal a mediados del siglo XIX. Lentamente va rebelándose contra los estatutos y prácticas establecidos. Al mismo tiempo, exige el reconocimiento de una dignidad social de clase. Con la República, marchará contra los viejos comportamientos mercantilistas y buscará al advenimiento de un capitalismo avanzado que, como bien apunta Serrão , se manifestó en una concentración de la propiedad agraria, concebida en términos de explotación tendiente al lucro, en una industria fabril con los ojos puestos en los mercados coloniales y en la utilización de la mano de obra barata que la emigración no lograba canalizar hacia afuera. Si bien el mercado interno estaba en expansión por el crecimiento poblacional y de la red ferrocarrilera, aún no bastaba y había que dirigirse hacia las colonias, recrear el Imperio en el continente negro.
La República desata el proceso. El pueblo armado cuida los Bancos, los obreros asienten a una coexistencia transitoria con los intereses republicanos, la pequeña burguesía colabora con los intelectuales para renovar el bagaje ideológico y las clases medias (representadas por los empleados públicos, comerciantes, profesionales liberales), si bien no colaboran con la República, tampoco obstaculizan y adquieren poder en los engranajes estatales y municipales; se suceden Pimenta de Castro y Sidonio Pais y llega Salazar y las clases medias se muestran pasivas; para utilizar mecanismos pessoianos, podría decirse que la República fue tributaria de las clases medias en el sentido de que éstas eran depositarias de los “valores nacionales”, representaban la “media” del valor nacional, encarnaban la “Patria” hasta el punto de no poder hacerse nada contra ellas pues sería hacerlo contra aquélla; tampoco podían gobernar por sí mismas (su tendencia era la abstención) y por ello Pessoa asegurará después que los intentos gubernativos de João Franco, Sidonio Pais y Pimenta de Castro habían sido sólo intentos por hacerlas tomar el comando de la política y que a ello se debía el fracaso de los tres gobiernos.
En el plano político, la República era también un mero reformismo, un “regeneracionismo” como se dice en portugués. Puede hablarse de un “republicanismo liberal” que echa mano del democratismo y del positivismo, como las armas fundamentales con las cuales enfrentar la tarea. Con el democratismo se lanzan al uso diario expresiones como intervención popular, coparticipación, y todas aquellas propias de un hecho de este tipo; mientras las palabras resonaban, las clases medias y ios inmensos sectores agrarios permanecían sin acción, observando la verborrea jacobina. La República lo comprende y cree que la solución es lanzarse contra todos los valores tradicionales, especialmente los defendidos por la Iglesia, para lo que se echa mano del positivismo y se promueve a los masones en compleja alianza. Frente a la clase media, sin embargo, la República se muestra prudente y procura hacerla absorber el “patriotismo liberal” y convertirla en inevitablemente republicana, asegurándole que no modificaría su código de valores. La República se confunde con la “regeneración de la patria” y ésta pasaba por la reedición de los sueños imperiales.
La República se asume como cultura. Los poetas buscan la esencialidad lusitana, la base íntima donde la República se afinque. Ya lo hemos visto: Guerra Junqueiro publica “Patria”, António Nobre “O Desejado”, surge el “saudosismo” (concepto filosófico religioso, basado en la “saudade”, elemento característico del alma portuguesa), aparecen Pascoaes y la “Renascença Portuguesa”, “Orpheu” asume el modernismo lusitano y aparecen y desaparecen otros grupos como “Seara Nova” y suenan y resuenan nombres como Sampaio Bruno, Leonardo Coimbra y António Sérgio. Fernando Pessoa está inmerso en esta generación, en este tiempo, en este cambio. En “Aguia” lo resume: “Dar un sentido a las energías intelectuales que nuestra raza posee, esto es, colocarlas en condiciones de tomarlas fecundas, de poder realizar el ideal que, en este momento histórico, abrasa a todas las almas sinceramente portuguesas: crear un nuevo Portugal, o mejor, resucitar la Patria Portuguesa, arrancarla del túmulo donde la sepultaron algunos siglos de oscuridad física y moral en que los cuerpos enflaquecieron y las almas se ablandaron”; de allí, apelará a una República auténticamente portuguesa y no francesa, se atará momentáneamente al “saudosismo” y aliará sus recurrentes enunciados al “Desejado” (Don Sebastián que vuelve) y al Quinto Imperio que será portugués y de Portugal para Europa, un imperio espiritual y civilizador.
Es en medio del desorden creado por la República, como Pessoa vivirá y escribirá sus ensayos políticos no publicados. Es en medio de la anarquía, apenas limitada por breves etapas, cómo nuestro poeta trazará sus proyectos siempre inacabados y donde retrocederá a buscar las causas de la decadencia. Será antirrevolucionario, desplegará aquellas teorías sobre la utilidad anárquica de las revoluciones, se proclamará antidemocrático ante la visión del “democratismo
republicano”, se definirá como “liberal conservador, hechará manos del “misticismo nacionalista redentor de la Patria, concluirá con que es necesario el “interregno” dictatorial, sufrirá y se ilusionará y desilusionará de las manifestaciones que el poder concreto va encarnando e, inevitablemente, inmerso en la realidad de su tiempo, no verá otra salida que una dada por la fuerza.
Pessoa adhirió a la República, pero luego es de los que establecen las diferencias entre “República vieja” y “República nueva”, lo cual quiere decir que aquella manifestación tangible del republicanismo no era la querida y ansiada. Es fácil entender que Pessoa prefiera un camino diferente del desorden instalado en aquella Republica real, a un retorno monárquico o una revolución total. Su planteamiento de una salida de fuerza ínevitable aproxima su pensamiento al fascismo en puertas, pero del fascismo que alcanza a ver nada le gusta y vuelve al estado natural de su alma, la crítica abierta.

4.4. - LA REPúBLICA MULTIPLICA LOS VICIOS DE LA MONARQUÍA
Pessoa vincula la caída de la Monarquía con su dependencia del catolicismo (institucional y espiritual), con el hecho de no haber logrado una forma portuguesa (pues importó a través de Francia la forma exterior de la Monarquía constitucional inglesa) y de no haber tenido partidos separados ideológicamente, sino apenas grupos gobernados por caciques.
Es tal el caos de la República que Pessoa llega a interrogarse sobre eventuales reacciones monárquicas y las posibilidades de éxito que puedan tener, pero apenas terminado el ensayo sobre las causas de la caída monárquica y respondidas las angustias de retorno, se desespera ante las faltas de avances y de progresos, a pesar del remezón que ha representado el cambio de régimen; encuentra que la sociedad portuguesa está impregnada de conservantismo y es preciso dar libertad para procurar una adhesión libre al nuevo régimen y no por la coacción. Encuentra que este no es el espíritu del gobierno provisorio y llega a pensar que el momento de la revolución (5 de octubre de 1910) no había sido el más oportuno, como si los cambios históricos pudieran detenerse a la espera de esa abstracción que se llama “momento oportuno”. En ilación típica de su pensamiento, encuentra que la implantación republicana ha resultado quizás demasiado fácil y en ello se explica lo que ocurre; piensa que mejor hubiese sido que las fuerzas monárquicas estuviesen todas absorbidas por la reacción para que así, entonces, la República hubiese costado mayor esfuerzo y la destrucción de las fueras monárquicas hubiese sido completa. Lo angustia que en el nuevo régimen estén muchos hombres de la Monarquía, lo que, por lo demás, es absolutamente normal en períodos de transición o iniciales de un cambio, así como también en etapas posteriores.
Comienza a disgustarle, muy en serio, lo que ve. Lo justifica, diciendo que las revoluciones son producto precisamente de la falta de cohesión y que ello, lamentablemente, se refleja luego en la administración; entiende que hay que corregir la revolución. No obstante, le falta el optimismo. Espera que el Partido Republicano haga una revolución dentro de sí y aparte los indeseables. Pasa a analizarlo y encuentra que “dada la situación de Portugal, era imposible que el Partido Republicano fuese un partido educado, del todo consciente y enteramente sano. El estado de poderoso abatimiento moral de la patria fue el que generó el republicanismo y la revolución. . . formaba parte el partido del país y no podía por tanto ser moralmente equilibrado y justo. . . era imposible que representara una regeneración; representaba, más bien, una tendencia hacia la regeneración”. Pessoa olvida que la revolución adviene por la decadencia o degeneración de lo anterior y que las fuerzas que la hacen salen precisamente de lo existente; no se sabe dónde pretendía Pessoa encontrar una fuerza pura e incontaminada para sustituir lo existente. Pero llega más allá al pensar que los síntomas desagradables están en que el partido no es suficientemente republicano, no está suficientemente nacionalizado y no es suficientemente portugués; la contradicción es obvia. Con ingenuidad piensa que los hombres aparecerán y que ha terminado la misión de quienes hicieron posible la República, como si al poder se renunciase tan fácilmente y como si las victorias condujesen al desprendimiento. Para Pessoa hay que fundar un nuevo partido que agrupe todas las fuerzas de la regeneración; lo describe idealmente, lleno de ¡lombres excelentes y altruistas.
Vuelve una y otra vez a describir el estado pavoroso en que Portugal había caído bajo la Monarquía y tal vez exagera, con intención de justificar a la República. Se dice que el hecho revolucionario en sí prueba que la nación portuesa tiene vitalidad, que el decadente era el régimen político y no el país. Tiene períodos de euforia y la “certeza sociológica” de que, a pesar todo, ha empezado el resurgimiento nacional, proclama la tristeza como reaccionaria y el pesimismo como retrógrado, pero se hunde en sus propios razonamientos: “Una crisis social es simplemente un medio violento y natural para eliminar a los débiles y los inútiles. Si toda una nación o una sociedad cae abajo, es que ella era toda inútil y débil”. Insiste en que la crisis era del régimen político y la prueba es que la Monarquía cayó, pero ocurre que subsiste y la mejor prueba es el radicalismo republicano, al que llama fuerza monárquica. Hay, entonces, que destruir esas fuerzas. Portugal sigue en crisis, pero esa crisis es la salvación; el peligro estaba en que la crisis de la Monarquía se convirtiera en la crisis de la nación, pero la muerte de aquélla evitó el peligro. Contradicción tras contradicción, auto- engaño tras autoengaño. Pessoa olvida que centra los vicios en haber salido el republicanismo de la podredumbre de la Monarquía y de subsistir fuerzas monárquicas en el seno republicano, hasta el punto de considerar “fuerza monárquica” a la expresión más radical del republicanismo.
El poeta va cambiando de tono. Las palabras duras se suceden; ahora la República pasa a ser una multitud amorfa de pobres diablos gobernada por una minoría de malandros, una orgía de bandidos estúpidos. Comienza a admitir que es difícil encontrar beneficios en la República, a no ser el que siempre atribuyó a las revoluciones, lo positivo de sembrar la anarquía. Ya no le gusta la propaganda anti-clerical de la República; insiste en que esta República no es portuguesa sino francesa, es decir, que incurre en el mismo error de 1820, cuando el constitucionalismo trajo fórmulas inglesas pasadas por Francia, como acostumbraba a decir, y que fue una de las causas de la desnacionalización. El “Pessoa sociólogo” que encontraba explicaciones va lando paso a un Pessoa crítico feroz; por momentos se le asoma un rayo de esperanza. Con Sidonio Pais parece que le renace, pero duda mientras aquél vive, y cuando muere escribe la famosa oda al “Presidente-Rey”.
Sucede que la vieja alma portuguesa no sirve, hay que crear una nueva. Hay, al fin y al cabo, discurre, una “ley de continuidad social”, consistente en que las cosas no cambian automáticamente; sobre el estado social de ellas se ejerce la influencia de una corriente purificadora que lentamente va alterando ese modo de ser social; advierte que esa sustitución de lo malo por lo bueno se siente muy lentamente en los hombres del nuevo régimen.
Está pues convencido de que la República sólo ha sido la condición de un progreso a seguir, pero nota cómo aquélla abusa de las dictaduras, tanto como la Monarquía, haciendo en ellas sus leyes más importantes sin someterlas a congresos constituyentes (leyes de divorcio, de familia, de separación de la Iglesia y el Estado); emerge pues un Pessoa paradójico, que considera que la República implantada en régimen provisorio ha ido más allá de lo que debía, como si las revoluciones en sucesión accedieran a someterse a un control constitucional o a unas elecciones, fórmulas ambas que, como hemos visto, él mismo detestaba. La amada libertad que tanto soñara para que con ella se manifestaran las fuerzas de la regeneración se le antoja coartada. “En la Monarquía era posible insultar por escrito al Rey; en la República no era posible, porque era peligroso insultar hasta verbalmente al señor Afonso Costa”. No encuentra libertad, ni paz, ni mejoras en la administración, se queja de la anarquía y el desorden, se lanza a analizar los diferentes tipos de gobierno, a clasificarlos y a establecer las características de cada uno. El poeta se ahoga, cansado, y deja este párrafo extraordinariamente revelador de su estado de ánimo: “Acabé de escribir. Me detengo cansadamente en la meditación de cuanto, al final de todo, es mezquino y vano. . . hay algo de dolorosamente ridículo en estar en una mesa. . . delante de un tintero, odiando en voz alta hombres y cosas. Hace sonreír. . . el ver que los Afonsos Costas, Alexandres Bragas, Bernardinos Machados y radicales lisboetas y portugueses, son, real y objetivamente, parte del universo, de la vida, del mundo, lugares psíquicos donde se encuentran las fuerzas básicas y primordiales del dinamismo universal”.

4.5. - LAS ETAPAS REPUBLICANAS
El 14 de mayo de 1915 cae la dictadura de Pimenta de Castro. Pessoa asegura que fue una reconstrucción republicana de los principios monárquicos, agravada por la anarquía propia de la revolución.
El 27 de febrero de 1920, Pessoa publica el célebre poema “A Memória do Presidente-Rey Sidonio Pais”, fiel reflejo de su pensamiento político, incluidas las contradicciones que lo asolaban. Pais lo ilusiona por momentos, también por momentos mantiene críticas acerbas en su contra y sólo después de su muerte realmente emite una opinión que se sintetiza en la denominación de “Presidente-Rey”. Pessoa saluda a Pais como “Presidente de la República por voluntad del destino y la fuerza”, derechos que le parecen mayores que el sufragio que lo confirmó; pero nuestro poeta critica de seguida a quienes rodean al Presidente. Sidonio encarna, ante sus ojos, lo que puede llamarse República Nueva por oposición igual a Monarquía y República Vieja; de esta última toma lo meramente destructivo y rechaza lo constructivo lo que quiere decir que la República Nueva no acepta como buena la falsa destrucción de la Monarquía que consiste en seguir
gobernando del mismo modo; asi mismo proclama como buena la intención cultural de destruir al catolicismo, pero apela a una acción, nunca desarrollada por la República Vieja, consistente en atacar su fuerza política y no su fuerza social. En resumen, Pessoa piensa que la República Vieja destruyó mal, ya que la aniquilade la Monarquía no pasaba sólo por echar al Rey sino también por destruir los tipos de mentalidad gobernantes y sustituirlos por otros; al fin sólo acepta de la República Vieja los principios generales: abolición de la Monarquía, separación entre Iglesia y Estado, la necesidad de quebrar la indolencia económica del pueblo.
Para Pessoa el “Sidonismo” fue una época de transición y por tanto se limita en sus exigencias. Comienza por admitir que en una época de transición no se puede crear (¿?), aunque sí procurar la tradición nacional y adecuarla a las circunstancias; por lo demás, precisa que esa tradición está ligada a lo que se denomina, alternativamente, monarquía representativa o monarquía absoluta; una vez más el “sociólogo” se pierde en extensas consideraciones y dice que el partido de Pais estaba formado por los “no políticos”, lo que equivalía a la mayoría, sólo que no estaba organizada. De esta manera, Pessoa encuentra el fracaso del “Presidente-Rey” en que tenía un fuerte apoyo nacional pero no un apoyo político. En su poema llora la muerte de Pais, piensa que se trata de otro Alcácer-Quibir (donde murió el Rey D. Sebastián) y repite la esperanza de que el “desejado” aparezca algún día. En suma, Pais fue para nuestro poeta la expectativa de la encarnación de Sebastián, sin dejar de criticar lo concreto que no le gustaba de aquel gobierno, considerando, al final, que no le dieron tiempo para comprobar si en efecto era el “desejado”.

4.6. - LA DECADENCIA Y OTRAS “LÍNEAS MAESTRAS”
En “Sobre Portugal, Introducción al Problema Nacional” Pessoa traza las tres caracteríscas que, a su entender, constituyen una nación: 1) una relación con el pasado; 2) una relación con el presente, nacional o extranjero; y, 3) una dirección hacia el futuro. Se lanza así a analizar lo que será el punto central de toda su disquisición política: la decadencia portuguesa. En efecto, nuestro poeta considera a Portugal como un caso atípico, creado con los descubrimientos y luego confinado, durante los siglos que median entre aquellos acontecimientos y el inicio de la confusa experiencia republicana, meramente a sobrevivir. Destaca tres fases en la decadencia portuguesa: la primera, desde el reinado de D. Manuel hasta la anexión por España; la segunda, desde entonces hasta el surgimiento, en 1820, del constitucionalismo, y la última, pareja con la Monarquía Constitucional. Pessoa asevera (en medio de las dudas sobre la fecha cierta del comienzo de la decadencia) que decayeron, paralelamente, el Estado portugués y el hombre portugués, desapareciendo, por consiguiente, una conciencia superior de la nacionalidad y de los fines nacionales.
La tragedia del Portugal de su tiempo lo lleva, como se evidencia, a sumergirse en el análisis de los siglos pasados en busca de causas y explicaciones. Le parece encontrar las razones de la ruptura de equilibrio: la decadencia en sí, el constitucionalismo que rompió tradiciones políticas sin aportar otras nuevas que sustituyeran lo depuesto, la ruindad de los gobernantes ineptos. En realidad, se observa en Pessoa la inclinación de culpar más a los gobernantes que a las instituciones. La República no le parece una excepción y así afirma: “No había clase con capacidad política; no había, por, tanto, clase con capacidad reformadora cuando una reforma política se imponía. . .” Luego agrega una frase reveladora de su concepto de revolución, al describirla como “una reforma hecha por clases incapaces de reformar. . . donde no hay juicio político hay juicio revolucionario”.
Como bien describe Serrão, la contemporaneidad cultural de Pessoa es liberal (Con retoques de democratismo y de socialismo) burguesa (pintada de aristocratismo y Populismo) decadentista (esperanzada en el regreso del país al esplendor imperial), regenera (interesada en reponer lo que estaba destruido) y reformista (interesada en reparar aquello que no fue del todo destruido). Decandentismo y reformismo parecen así como las caras de la moneda del iempo de Pessoa, limitantes de la capacidad de pensar y de transformar la realidad nacional, y manifestadas en la incapacidad de un proyecto de futuro que no se enraizara en el pasado. Pessoa es portugués, y un portugués que lo ha decidido voluntariamente al regreso de Africa del Sur, con lo que también se sumergió en las tradiciones culturales lusitanas, marcadas por la “decadencia-regeneración.
Por momentos haceh una lectura más “política” de la decadencia y encuentra las causas en la sumisión al modelo político del liberalismo francés y a las realidades del capitalismo inglés. Ve en las revoluciones sacudidas que permiten la posibilidad de cosas nuevas, la anarquía y la destrucción haciendo patente la necesidad de orden y de construcción y mera condición, para países decadentes como Portugal, de la contrarevolución estabilizadora y de la regeneración. Concluye, invariablemente, con la necesidad de construir una nueva alma portuguesa; por ello considera que el primer paso a dar es de carácter espiritual. Inevitablemente va a parar a la necesidad de un impulso por parte del hombre genial que “reinvente mitos” y al poder de la palabra; así “Interregno” será tan importante, como veremos al analizar uno de sus escritos políticos fundamentales, puesto que cada suceso es un intermedio en la búsqueda de una continuidad estructural que ligue el imperio tenido al imperio por tener.
Para Pessoa el “tiempo político” pasaba por disolver, mortificar, reconstruir, recrear y sublimar; destruir, desordenar, los fundamentos de la sociedad burguesa y católica; reorganizar, proponiendo un sistema y una jefatura, siempre como una fase intermedia; recrear y sublimar, superando la etapa provisoria, para que llegase el Quinto Imperio, el Imperio Espiritual con que soñaba.
Pessoa veía la Nación en su carácter permanente y al Estado como aleatorio y circunstancial. La palabra nacionalismo le parece desvirtuada y el patriotismo (asumido como una defensa) algo superior al instinto natural de amar la tierra donde se nació, algo fundado en el intelecto, para preservarla de extranjerismos y de internacionalismos que disminuyeran su personalidad. El libealismo era concebido como la libertad de pensar. El concepto de patria preside sus análisis; al insistir en la diferenciación entre Nación y Estado, proclama la primera como viva y el segundo como inexistente, que la patria portuguesa existe dentro de cada portugués, que la crisis portuguesa viene de la crisis del concepto de Patria, absurdamente sustituida por una excesiva valorización del Estado. Al precisar que cada ciudadano debe desarrollarse a sí mismo como portugués, rompe con la colectivización que proclama Campos en “Ultimatum”, la que pasa a ser otro “interregno”. La Patria es sólo un medio para crear una civilización. Para esto es indispensable la existencia de un “escol” (élite), concepto aristocrático que domina también el pensamiento pessoiano. La crisis proviene de la incapacidad de generar élites. Vuelve al análisis del pasado para comprobar que los descubrimientos y las conquistas fueron arrastrándolas a la destrucción y no hubo una renovación, es decir, no se presentaron nuevas circunstancias creadoras de nuevas élites. El “escol” es más perfecto cuanto más diferente es del resto de la población, pero al mismo tiempo, cuando está unido al resto de la población por un interés nacional y por la acción que ejerce sobre ella. Para Pessoa, el “escol” no es una clase ni acepta la intervención del Estado para producirla. En sus divagaciones llega a considerar la creación de un organismo cultural que sustituya al Estado y que tendría por objetivos la creación de una aptitud cultural en las clases medias y la creación de una propaganda ordenada y científica de Portugal en el extranjero.
La crisis se manifiesta en decadencia, desnacionalización y degeneración. La primera comienza con el desastre de Alcácer-Quibir, donde muere el Rey D. Sebastián, y se prolonga en el dominio de los Felipes; Sidonio y demás sucesos son relámpagos transitorios en una decadencia que se prolonga. La segunda está en la llegada a Portugal del sistema monárquico extranjero, con la corrupción de las costumbres políticas portuguesas y el abandono de un gobierno a la portuguesa. La tercera, prolongación de la segunda, surge en 1910 con la implantación de la República.
Pessoa despliega su concepto de orden en el artículo titulado “O Preconceito da Ordem” y también en “Interregno. . .” . En el primero examina cómo el ideal social de los defensores del orden se traduce en una sociedad absolutamente nivelada y, por tanto, donde sería imposible el “escol” que él estima indispensable. Explica que si es una perfecta conformidad básica, o una general sumisión a la orientación general de la sociedad, lo que se postula como el principio del orden, todos los valores tendrían que actuar en el sentido de esa orientación general, dado que si no lo hicieran estarían fomentando la anarquía y el desorden; si lo hicieren estarían creando el orden, equivalente a la conversión de esa sociedad en una masa inerte, “incapaz de esbozar una orientación social”. El análisis es arbitrario, como todos los de Pessoa, y difícil de seguir, pero entendemos que los defensores del orden, en su óptica, se basan en uno que no existe en la constitución íntima de las fuerzas sociales; éste pasa a convertirse en un objetivo de los partidos políticos. Esto equivaldría a que los partidos tuviesen, además de la preocupación de las teorías políticas que los hacen tales, la preocupación del orden, combatiendo ambas en su seno, anulándose una con la otra.
La divagación pessoiana sobre el orden sólo tiene interés porque permite ver sus diferencias con el fascismo. Es bueno recordar también la comparación que hace entre el hombre sano y la sociedad en general. Para él, el hombre sano sólo piensa en la salud cuando está enfermo, así como la sociedad normal sólo piensa en el orden cuando en ella aparece el desorden. Así el hombre sano en el que aparece la enfermedad no quiere sentirse simplemente con salud, sino atacar la causa de la dolencia; así la sociedad sana cuando siente el desorden, procura no mantener el orden, sino atacar el mal que produjo el desorden. Para Pessoa la preocupación exclusiva por el orden es un morfismo social.
En verdad estos planteamientos no se parecen al fascismo por el cual el principio del orden —impuesto a la fuerza por una facción— está por encima de cualquier otra consideración en “Interregno. . .” al asumir la defensa de una dictadura militar en Portugal, parece confirmarlo; esa dictadura que pregona es intransferible.

4.7. - “INTERREGNO. JUSTIFICACIÓN DE LA DICTADURA MILITAR EN PORTUGAL”
“Interregno, Justificación de la dictadura militar en Portugal” presenta la dictadura como una transición, como un puente entre el sueño malogrado de Alcacer-Quibir y el Quinto Imperio. Pessoa precisa que no está implícita ninguna defensa de dictadura militar existente y que si esa dictadura concreta cae no arrastrará sus argumentos. Recordemos que transcurre el año de 1928 cuando se escribe el “Interregno. Justificación de la dictadura militar en Portugal”. Redactará una nueva versión en 1932, y aunque da por no escrita la primera, aclara que no reniega de todo lo dicho. Se trata de que en 1932 está vigente una Constitución reciente y ha comenzado el “Estado Novo”. Esta segunda versión nunca será terminada. Alcanza a pronunciar algunos pocos juicios sobre Salazar. Destaca las diferencias entre el Profesor de Coimbra y otros jefes políticos portugueses; el carácter ascético, un hombre de ciencia y de trabajo en oposición a los políticos vulgares. Expresa que el prestigio administrativo y financiero de Salazar fue aceptado por los portugueses automáticamente debido a que no entendían nada de lo que ocurría. Advierte, finalmente, que atrayéndose ciertas clases cultas que habían quedado un tanto retraídas, redondeó el prestigio de jefe político, de organizador de la Constitución y del Régimen Corporativo. No adversó ni hostilizó a Salazar, pero hay un poema titulado “António de Oliveira Salazar” donde dice, en tono satírico, que la libertad y la verdad comienzan a escasear en el mercado por causa de este señor.
En realidad no hay desagrado en nuestro poeta hacia lo que alcanza a ver del “Estado Novo”, si bien no nace en él entusiasmo ni convencimiento. Podría decirse que Pessoa siente interés y expectativa, sobre todo porque le parece encontrar en Salazar métodos auténticamente portugueses, lo que había sido su constante reclamo. Es evidente, que la figura sobria y no demagógica de aquel hombre le llama la atención, por contraste con la experiencia vivida en la República.
Es preciso seguir en “Interregno. Justificación de la dictadura militar en Portugal” las “tres jusficaciones” de la dictadura militar; queda claro que ella está considerada como una simple transición, como si fuese posible controlar las fuerzas desatadas y precisarle al poder militar el momento justo de cesar porque a su vez han cesado las causas que el poeta creyó suficientes para invocarlo.
En primer lugar, piensa que habiendo en Portugal tantos monárquicos como republicanos, estaba demostrada la imposibilidad de cualquiera de las dos formas de gobierno, y que si había República era simplemente porque tenía que haber cualquier cosa. Es fácil entender que el futuro país dividido en dos fuerzas iguales se le presentara a nuestro poeta como propicio a guerra civil, para evitar la cual forzosamente se invocará la intervención de las fuerzas armadas. La nación, dividida contra sí misma, no puede tener un régimen que defina una unión inexistente. La explicación de la división la encuentra en la inexistencia de una idea portuguesa, de un ideal nacional, de un concepto misional. Al faltar un régimen, las fuerzas armadas tienen que pasar a serlo ellas mismas, mediante la toma total del poder.
En segundo lugar, vuelve a arremeter contra el constitucionalismo, copiado del modelo inglés. No habiendo un régimen, no puede extraerse de él una norma gubernativa, siendo la única vía el establecimiento de un Estado de Transición. “Siendo. . . éste. . ., en materia nacional, la condición de un país en que están suspendidas, por una necesidad o compulsión temporarias, todas las actividades superiores de la Nación, como conjunto y elemento histórico, lo cierto es que no está suspendida la propia Nación, que tiene que continuar viviendo. . . los gobernantes de un país en un período como estos, tienen que limitar su acción a lo mínimo, a lo indispensable. . . es el orden público. . . gobernantes naturalmente indicados por un Estado de Transición son aquellos cuya función social sea particularmente la manutención del orden. Si una Nación fuese una aldea bastaría la policía; como es una Nación, tiene que ser la Fuerza Armada entera”.
En tercer lugar, explica que hay tres bases de gobierno, a saber: la fuerza, la autoridad y la opinión; aunque toda clase de gobierno tiene que tener de las tres, las dos primeras se fundan o regulan en la tercera.
Hay cuatro órdenes de opinión, la basada en el instinto inferior, la basada en el superior o intuición, la basada en el hábito y la que se apoya en la inteligencia. La primera es egoísta, no tiene sentido social; tienen sentido las basadas en la intuición y el hábito; la basada en la intenligencia no, por ser expresión de temperamento. La democracia está basada en esta última, la opinión de inteligencia, que es la única de carácter impersonal y objetivo y, por tanto, la más individual, fría e incomunicativa. La única posibilidad para un gobierno es el equilibrio entre la opinión de intuición, desintegradora, y la opinión de hábito, integradora; Portugal no tenía tal equilibrio era preciso el “interregno” dictatorial. Mística patriótica y nacionalismo, son los dos pilares para Pessoa de una opinión pública capaz de dar a Portugal un gobierno, lo que lo avecina al análisis fascista, aunque nuestro poeta precise, una y otra vez, que la fuerza y la dictadura son sólo
medios para encontrar una sólida y sana institución política nacional en medio de la barahúnda que observa en su país. No dice Pessoa cómo conseguir los fundamentos para el régimen político que habría de salir del “interregno” dictatorial; la incapacidad del análisis político de Pessoa es evidente, lo vago y lo pueril se entremezclan en una cadena analítica que proclama la necesidad de una dictadura por poco tiempo, que rechaza la fuerza y la autoridad como bases de un gobierno y termina mencionando a la opinión pública, dividida y subdividida, clasificada y reclasificada, como única base de un gobierno estable.
Esta debe buscarse en la tradición, porque es la tradición el hábito social por excelencia. La opinión pública es un fenómeno de instinto y, por tanto, no se manifiesta intelectualmente, o sea, no se define, como sucede a todo cuanto es instintivo. No definiéndose, se vuelve, naturalmente, conservadora, adaptando a sí las cosas, no adaptándose a las cosas. Para Pessoa la democracia se convierte así en enemiga de la opinión pública, por basarse en tres bases erradas (sufragio, liberalismo y pacifismo) y por ser antisocial, antipopular y antipatriótica. Es evidente que si la opinión pública es un instinto no puede definirse y al tratar de manifestarse en el voto no es el voto de la opinión pública lo que se logra sino el de las masas partidistas maniobradas por la “guardia pretoriana” de cada partido. Admite que puede haber países donde coincidan opinión pública y voto de la mayoría, como en Inglaterra, por excepción a la regla. Pessoa piensa que como en Portugal no hay opinión pública hay que eliminar el constitucionalismo y, sin buscar nada que lo sustituya, parecido o diferente, recurrir de una vez a un estado de transición, la dictadura militar como “interregno”. Con ingenuidad pide que tal transición sea reducida al mínimo.
Se lanza por la vía de procurar una opinión verdadera en Portugal; dentro de su distinción e diversos tipos de opinión, condena, al mismo tiempo, a la fuerza, por típica de las sociedades bárbaras o semibárbaras (traducida en episodios dictatoriales) y al régimen de autoridad (porque lleva a la estabilización de los gobiernos de fuerza). En definitiva, no queda otro fundamento, a un gobierno, que la opinión pública. Aquella que él ha procurado definir de entre las zarzas de su pensamiento complicado y que, al parecer, se produciría en el “Interregno”. La angustia le lleva a echar mano, como recurso de emergencia, de los elementos que considera detestables para un gobierno permanente. De aquí se lanza a analizar al hombre portugués y a delinear el mito sebastianista y el Quinto Imperio.
Hay una fase interesante de Pessoa, los once artículos que publica en la “Revista de Comercio y Contabilidad” que dirigía su cuñado Francisco Caetano Dias y que es editada entre enero y junio de 1926, en Lisboa. Allí deja ver un pensamiento económico liberal y el conocimiento sobre los problemas concretos con que trajinó como dependiente de varias oficinas comerciales. Escribe sobre la historia del comercio, defiende el liberalismo económico, critica las legislaciones restrictivas que perjudican a los comerciantes. Se ocupa de la legislación laboral, critica aquella que restringe las horas de trabajo de obreros y empleados o las horas de estar abiertos los establecimientos comerciales e industriales, pide que se tomen en cuenta los equilibrios necesarios entre concesiones legítimas a los obreros y empleados y las necesidades no menos legítimas de la producción y el consumo. Asegura que ninguna ley es benéfica si ataca a cualquier clase social o restringe su libertad. Se ocupa de los riesgos de la administración del Estado. Acepta la necesidad de existencia de un Estado de cualquier especie, advierte contra los riesgos de intervención en la vida social espontánea y aboga por un régimen de libertad para el comercio y la industria.




















5
SOBRE EUROPA Y LA REPUBLICA
ARISTOCRATICA

5.1. IBERIA
En los textos agrupados en el volumen titulado “Ultimátum y páginas de sociología política”, pueden encontrarse interesantes opiniones de Pessoa sobre la cultura europea, la península ibérica, la República aristocrática el nacionalismo y los políticos.
Las particularidades derivadas de la vinculaión peninsular de Portugal y España, dan especial relieve a las opiniones de Pessoa sobre Iberia. Nuestro poeta comienza por limitar a la lengua el carácter latino de ambos países. Cree en la necesidad de una unión peninsular formada por tres nacionalidades distintas, a saber, la castellana, la catalana y la galaico-portuguesa; es bueno recordar que en los tiempos de Pessoa el nacionalismo catalán se manifestaba con particular agudeza. Para esta unión, Pessoa cree necesaria la abolición definitiva de la monarquía española, dado que si cesa la monarquía cesará España, principal enemiga de tal unidad. Paralelamente, se alza, como obstáculo a Iberia, el alma francesa, hostil a la ibérica en cualquiera de sus formas, exceptuando quizás la catalana.
La península no es, pues, tan latina comó ibérica. La primera distinción la establece con la psicología de los otros dos países herederos de la civilización latina propiamente dicha, Italia y Francia. De allí deduce y defiende que los portugueses y españoles tienen una mentalidad diferente del resto de los países europeos y, sin olvidar la diferencia entre ellos, piensa que ambos se parecen entre sí más que con los demás. Agrega: “Si somos ibéricos, tenemos derecho a esperar que todo deba tender a una política ibérica, a una civilización ibérica que, común a los dos países que componen Iberia, a todos, por eso, trascienda”.
Señala, como elementos que hacen posible la aproximación de los dos países, la peninsularidad propiamente dicha, el locus histórico de fusión de lo romano con lo árabe y la unión en el pasado por su común acción de apertura del Nuevo Mundo a la civilización. Al volver a su concepto de “unidad civilizadora”, asegura que el alejamiento existente perjudica a cada elemento que la compone. La unidad ibérica podría ser productora de notables resultados civilizadores. La diversidad de los elementos componentes es garantía en este sentido; cree necesario advertir que Portugal no quiere ser español y usa, alternadamente, las palabras federación y confederación para el marco político de la unidad. La insistencia en la fecundidad de la unidad compleja lo lleva a ahondar las diferencias entre galaico- portugueses, castellanos y catalanes. Explica cómo debe ser esta diferenciación creadora: “Radicar fuertemente en cada país sus tradiciones populares —costumbres provinciales, mobiliario, loza, arquitectura propia. Cultivar en cada país la lengua propia con acentuado escrúpulo”.
Los problemas ibéricos son tres, a su entender: remodelación del Estado español, la integración del Estado portugués con la anexión Galicia y, luego, la alianza propiamente dicha como defensa del suelo espiritual común, invadido culturalmente por Francia y dividido territorialmente por la política inglesa. En la confederación de Iberia, cada país tendría ejército propio y diplomáticos propios. Se trataría de una alianza defensiva y ofensiva, una integración económica mediante la abolición de las fronteras aduanales, y de una alianza cultural.

5.2. - “LA CIVILIZACIÓN QUE HOY LLAMAMOS EUROPEA”
Para Pessoa, la civilización llamada europea es la civilización propiamente dicha, pues ésta se guía por fórmulas e ideas europeas. Se asienta en cuatro principios que son: la cultura griega, el orden romano, la moral cristiana y la política inglesa.
La cultura griega es, fundamentalmente, el racionalismo. Lo que distingue a los griegos antiguos de otros pueblos, es el culto de la razón; con justicia se dice que los griegos crearon el espíritu crítico. Racionalidad, armonía y objetividad, son los tres pilares de Grecia y cada vez que se ha contrariado uno de ellos se ha producido un decaimiento de la civilización.
Considera que Roma crea el concepto de Estado como elemento civilizador que nacional, el concepto de Estado como misión histórica, diferenciado de Estado como simple Imperio. Subsiste el racionalismo griego porque el Estado romano subordina al individuo dejándolo libre, sin embargo, en la esfera intelectual.
El cristianismo es el elemento disolvente y anarquizante del Imperio romano; limita el elemento civilizador aportado por los romanos como Roma limitó el elemento dado por Grecia. Destaca que el cristianismo, al proclamar la existencia de un individuo dotado de alma, lo coloca por encima de todos los poderes de la Tierra; de allí el individuo moral pasa a ser distinto del individuo político, Dios está por encima del Emperador y la salvación del alma es más importante que el Imperio y el criterio moral se torna absoluto mientras el criterio político se hace relativo.
Pessoa olvida, a veces, el cuarto elemento, la política inglesa, y habla en otras páginas simplemente de la cultura griega, del orden romano y de la moral cristiana. En algunas ocasiones agrega un cuarto, la Universalidad Moderna, creada por Italia, en cuanto se refiere a nacionalidades distintas emergidas a semejanza de los Estados- Ciudades, y por Portugal, que con los descubrimientos hace de la civilización europea una civilización mundial.

5.3. - LA GUERRA ALEMANA
La conflagración mundial produce encendidos debates en Portugal. La opinión se divide entre quienes desean entrar a la guerra y quienes se oponen, los que quieren hacerlo al lado de los aliados y los que desean una participación al lado de Alemania.
Algunos sostienen en los diarios que si bien Portugal no ha entrado a la guerra por razones diplomáticas, los intelectuales deben manifestar- se solidarios con los aliados porque defienden la cultura latina. Pessoa tampoco cree posible la participación portuguesa en la guerra por ser un país pequeño, débil y desgobernado, pero cree que los intelectuales deben estar al lado de su hermana, el alma germánica. A Pessoa no le importa el resultado material de la guerra y cree que afectará poco a Portugal. Le importan los que llama resultados espirituales del conflicto. Para justificar su respaldo a los alemanes comienza por recordar el papel civilizador de ambos países. Dice que ambos tienen un “concepto metódico y organizado” de aquél y que lo único que los levanta es la tradición imperial, en ambos países quebrada y envilecida. Cita, en Portugal, al Rey D. Sebastián, y en Alemania a Federico Barbarosa, muerto en viaje al Oriente y de quien se espera vuelva a restituir la grandeza perdida: al enlazar ambos elementos, recuerda que la obra civilizadora alemana del pasado fue la Reforma, dada en condiciones nacionales parecidas a las de los descubrimientos.
El conflicto de los intereses alemanes con Francia e Inglaterra, pasa, para Pessoa, por la creación de un alma pagana en Alemania que se traduce en un gran impulso psíquico a la vez manifestado en un impulso al comercio y a la industria, a una educación hábil y cuidadosa y a la disciplina en el trabajo. Pessoa considera que los ingleses automáticamente les cobraban odio a quienes los superaban en materia financiera; en suma, el imperialismo alemán despierta el recelo comercial no sólo de los ingleses, sino también de los franceses. Añade el crecimiento poblacional alemán. Pujanza comercial, aumento de población y consecuente necesidad de expansión, henchen el factor imperialista y eso lleva al militarismo.
Ve la guerra como un conflicto entre dos principios sociológicos, entre dos criterios de civilización. El principio representado por Alemania coloca la patria por encima de la civilización, esto es, una nacionalidad se coloca por encima del movimiento civilizador general en la que está integrada. Como la civilización se manifiesta a través del individuo, el Estado se coloca por encima de éste.
Vislumbra, como gran problema del Estado futuro, la organización, con un mínimo de comprensión posible, de la libertad. En la realidad que le circunda no encuentra posible organizar sin oprimir y, por tanto, imposible un Estado alemán sin una tiranía alemana. Para nuestro poeta, que cree necesario construir un imperialismo portugués, lo más conveniente es la alianza espiritual con Alemania, para recibir el legado de aquel imperialismo anticristiano, pagano, antihumanitario, hecho, en suma, de “crueldad para con nosotros mismos”, tal como Nietzsche consicleró la base del sentimiento del imperio.

5.4. - DE LA TIRANÍA Y DE LA REPÚBLICA ARISTOCRÁTICA
En páginas donde habla de la “guerra reciente”, por lo que pueden ser fechadas hacia 1918, Pessoa describe el conflicto como un enfrentamiento entre la Brutalidad, representada por los alemanes, y la Estupidez, encarnada por los aliados. Añade que la victoria de alguna de las dos era indiferente para la Inteligencia, para agregar luego que consumado el triunfo de la Estupidez debe escribir para protestar la victoria de una parte en una guerra donde venciese quien venciese siempre resultaba una pena que no hubiese vencido el otro.
En páginas confusas recurre al diálogo (entre Antonio y Francisco) para decir algunas cosas sobre la tiranía. Perdido en definiciones sobre ésta y en especulaciones sobre la naturaleza y el destino, Pessoa traza un nuevo proyecto que no realizará, que tal vez se hubiese llamado “Cinco Diálogos sobre la Tiranía” y que hubiese compuesto así: 1. - Definición del Concepto de Tiranía. 2. - Formas de Tiranía. 3. - Reacciones contra la Tiranía. 4. - Evolución de la Tiranía. 5. - Las conclusiones filosóficas.
Bajo el título genérico de “Teoría de la República aristocrática”, la voluntad del compilador coloca una serie de artículos dispersos de nuestro poeta. Son de alto interés pues nos muestran su estado de ánimo luego de la guerra. Veamos: “En la angustia de la incertidumbre que oprime a quien tenga sensibilidad y haya tenido que convivir con la tortura política del Portugal Contemporáneo, y con la desolación mortífera de la guerra europea, si algún refugio existe es, o el de la fe, para quien la tenga, o del arte, para quien pueda crear, o el de la especulación abstracta, para quien no esté desprovisto de las cualidades superiores del raciocinador” . Pero Pessoa aprovecha la ocasión para dejarnos una explicación de por qué ocupa su tiempo en las preocupaciones políticas. Todos los días tienen un problema político y todas las horas una angustia de cultura, de manera que la especulación abstracta no puede dejar de alimentarse de su propia tortura y tiene que ser también ejercida la especulación política, dice. Agrega que el espíritu tiene la tendencia a dar soluciones, amén de que le resulta imposible liberarse de la opresión de la hora presente. Pessoa alega que no puede entretenerse con cosas ligeras y por eso asume la tarea, nada más y nada menos, de resolver el problema del Estado Moderno. Admite que la solución dada sea estéril y falsas sus aplicaciones prácticas, para justificarse con una frase típicamente pessoiana y reveladora por sí misma; “Busqué aproximarme, si no a la perfección en la doctrina, al menos a la perfección en la exposición de la doctrina”.
La despripción que Pessoa daba, a esta altura de su vida, del mejor régimen político, era la de no que permitiese con mayor seguridad y facidad el juego libre y natural de las fuerzas (constructivas) sociales y el acceso al poder de los hombres más competentes para ejercerlo. No le parecía que esta definición, aparentemente general y proclamada por todas las ideologías, se compadeciese con el sistema democrático. Consideraba que era el mejor para “su” primera condición, pero el peor para la segunda. No cabía en el Pessoa aristocrático la confianza en un apelar a las mayorías, forzosamente ignorantes e incultas en su óptica, puesto que accederían al poder sólo los hábiles para sugestionarlas, en muchos casos, dotados de características contrarias a aquellas necesarias para gobernar.
De esta manera, encontraba que las dos únicas fórmulas de gobierno, para dar gloria y grandeza a una nación, eran la Monarquía absoluta y la República aristocrática. Para Pessoa toda sociedad tiende a ser una oligarquía, o una colección de oligarquías, y así sólo pueden ser buenos dos tipos de sistema social, el que las destruya todas o el que organice una. Como la Monarquía depende de un hombre, considera la República aristocrática como el más estable de los dos. La República aristocrática es presentada como la “oligarquía de los mejores”.
En términos generales exige tres condiciones a toda teoría de organización social: que sea adaptada a la idea de sociedad, que esté en la línea evolutiva de la civilización de su tiempo y que esté de acuerdo con el temperamento del pueblo a que se destina. Por tanto, la mejor de esas teorías, será la que más ayude a cualquiera que sea que represente la vitalidad social, es decir, que más de acuerdo esté con el estadopresente y las tendencias evolutivas de la sociedad contemporánea y que más se integre en su espíritu. Entiende que una teoría peca contra la idea de sociedad cuando: 1. - ignora que una sociedad está compuesta de individuos y que esos individuos en su conjunto forman un todo que no es una mera suma. 2. - cuando pretende eliminar de la existencia social elementos que las sociedades tienen inevitablemente que tener (por ejemplo una teoría que quisiese eliminar el arte le la guerra). 3. - cuando pretenda llevar su acción fuera de su papel de mera organización social, queriendo por ejemplo, alterar la sociedad en sus fundamentos. Dentro de este razonamiento, considera la política como elemento que trae desavenencias a la sociedad.
No puede haber democracia porque el mero lecho de la existencia de la sociedad lleva implícito el hecho aristocrático. Así, agrega que no protesta contra la democracia como cosa que realmente exista o amenace con existir, dado que no puede ser, por su naturaleza antinatural y autocontradictoria. La protesta es contra quienes quieren hacer democracia cuando el hecho esencialmente social es aristocrático. “Si una sociedad subsiste, el mero hecho de que subsista prueba
que en ella se da el hecho aristocrático”. La conclusión de Pessoa va a demostrar que el simple hecho de la existencia del sufragio no prueba que el pueblo domine, ya que esa dominación es ejercida por los partidos, es decir, por minorías, lo que significa que subsiste el hecho aristocrático, pero disfrazado e hipócrita.
No considera el voto popular una manifestación de la opinión, sino una manifestación del sentimiento. Para él, las cuestiones sociales y económicas no son cuestiones de la vida colectiva sino individual; discutir sobre Monarquía y República es algo que le parece accesible a los humildes miembros de una nacionalidad porque es una cuestión de instinto y no de inteligencia; ahora bien, lo más conveniente para el país “en este momento” está dentro de la segunda categoría.
Nuestro poeta vuelve al concepto de “opinión pública”, ya que la misma siempre es invocada a la hora de las justificaciones democráticas. Piensa que es, simplemente, una superstición verbal. Si bien es cierto que Pessoa se enreda en los vericuetos y laberintos en que trata siempre de dividir y subdividir su pensamiento, al separar, por ejemplo, opinión pública de una opinión parcial o intensa y tratar de definir, por posición, lo que no es opinión pública, queda claro su desprecio por las mayorías y por el sistema democrático, al que llama anticientífico por basarse en un error craso como el sufragio. Veamos: “Una victoria electoral es siempre la expresión de victoria de la más plausible de las interpretaciones falsas de la opinión pública. Votar es errar. El voto es individual, y la esencia de la opinión es no ser susceptible de fraccionamiento en individuos. La opinión pública es un ente del que los individuos, que sin querer la componen, son células; la opinión pública no es una suma, ni una síntesis, es un hecho preintelectual”.
La opinión pública es una atmósfera, un estado del alma y no una tendencia. De esta manera gobernar no puede ser seguir a la opinión pública. Gobernar con la opinión pública, cosa diferente, es interpretarla. La sociedad es instinto y el gobierno un fenómeno intelectual y la relación entre ambos polos es siempre de interpretación. Pessoa quiere así una cohesión entregobernantes y gobernados, pues de ello dependerá el estado general de la sociedad, sólo que recurre a una de sus típicas argucias de consecuencias graves: si esa cohesión existe, a los gobernantes les bastará interpretar lo que está dentro de ellos mismos para interpretar a la sociedad.

55. - LA DEMOCRACIA, SISTEMA POLÍTICO DE LA DECADENCIA
Está claro que tal labor de interpretación no se podrá llevar a cabo, piensa, en las sociedades decadentes, esto es, en sociedades que se han dejado de parecer a sí mismas, que han sido influenciadas por el “humanitarismo, el pacifismo y la fraternidad”, que han perdido el ímpetu guerrero. Asegura que un gobernante no podrá interpretar un instinto del que no participa. Así aparece la democracia, acompañante fiel de las decadencias. “Cuando una sociedad siente instintivamente que le falta cohesión, espontáneamente trata de sustituir la cohesión por instinto por una cohesión mediante el voto. Es infecunda toda acción política que tienda a crear una opinión capaz de manifestarse por el voto; es infecunda toda acción política que tienda a crear una opinión capaz de definirse como política. Por eso, sólo es fecunda una acción política que cree opinión indirectamente, esto es, no intentando crear opinión para que ésta se manifieste, sino sólo para que exista. Según la doctrina democrática mandar es obedecer. Según la verdadera doctrina, mandar es comprender”.
El concepto de “opinión pública” en Pessoa es clave para entender su tendencia anti-dernocrática y aristocrática. Las manifestaciones del instintivismo social, incluida la opinión pública, son no-intelectuales. Argumenta que la opinión pública es siempre tradicionalista y por tanto opuesta el progreso, por lo que las fuerzas progresistas deberán trabajar contra ella; precisa que la opinión pública sólo acepta el progreso que no toca las tradiciones nacionales. Tarea clave del estadista es, entonces, hacer progresar la sociedad sin chocar con el conservatismo popular. Y la frase lapidaria: “Los estadistas de primer orden, como Bismarck o Cromwell, gobernaron siempre contra la opinión pública. Los estadistas de segundo orden, como Napoleón, gobernaron siempre con ella”.
Pessoa da vueltas increíbles para concluir que la democracia moderna es “antisocial, anti-popular y anti-patriótica”. La democracia moderna se asienta en tres bases: el principio del sufragio como sostén de la vida política, el principio llamado “liberalismo”, cuya sustancia consiste en la tendencia a abolir los privilegios especiales de ciertas clases o de ciertas personas y a establecer entre los hombres la mayor igualdad posible, y el principio que puede ser llamado “pacifismo”, que significa que la vida de las sociedades es sólo episódicamente guerrera y que la paz entre los pueblos es el estado normal. Esto, para Pessoa, está resumido en el lema “igualdad, libertad, fraternidad”, santísima trinidad de la revolución francesa para uso de todo aquel que no tiene religión.
Por supuesto que se detiene en cada acusación. La democracia moderna es anti-social por basarse en el sufragio. La opinión pública no puede definirse, el voto es una definición; el voto es la manifestación de una expresión individual, la opinión pública no es susceptible de expresión por los individuos. El voto es la expresión de una convicción política, esto es, de una idea; el instinto —y la opinión pública lo es— no tiene ideas. Al ser un instinto, la opinión pública se localiza, en cualquier sociedad, esencialmente en los individuos en los que el instinto predomine, y así la opinión pública se localiza en la mayoría real de la sociedad, dado que en la mayoría de los hombres el instinto predomina sobre la inteligencia, llegando a encontrarse en el “pueblo, que es la mayoría y porque su educación inferior lo habilita a representar con menos perturbación los impulsos fundamentales del instinto”. Luego habla de las “guardias pretorianas” de los partidos que son las que en verdad escogen. Sin embargo: “No quiere esto decir que ningún país democrático sea gobernado de acuerdo con el instinto llamado opinión pública. Donde la opinión pública es fuerte, coherente y rápida, electores, y sobre todo electos, sienten su presión y no osan gobernar contra ella. Pero eso sucede en todo país donde la opinión pública sea sana y fuerte, cualquiera sea el régimen político de ese país”.
Analizando el segundo punto, el liberalismo, dice que al destruir privilegios parte de un principio social falso, porque parte de un principio anti-egoísta. Para Pessoa el egoísmo es un fenómeno distintivo; llega a hablar del fundamental “egoísmo humano”. Acusa, pues, al liberalismo de encarar los privilegios como algo que no debería existir, mientras que si fuese una doctrina socialmente sana, los encararía como algo de lo que se necesita más. En su lógica, considera que al ser anti-egoísta el liberalismo es anti-popular.
Finalmente arremete contra el pacifismo, al que considera opuesto al instintivismo social. Para Pessoa es el patriotismo la base del instinto social y propiamente el único instinto social verdadero. El instinto, al contrario de la inteligencia, odia todo cuanto no sea él mismo, y es, así, esencialmente antagonista. El patriotismo es por tanto antagonista, siendo la actitud normal de toda nación la del odio hacia las otras y la guerra el estado natural de la humanidad. La paz es una preparación para la guerra. La frase lapidaria y reveladora: “Si el amor es fuente de toda la vida física, el odio es la fuente de toda vida psíquica. Es del odio entre hombre y hombre que el progreso surge, y del conflicto entre nación y nación que la humanidad recibe su impulso. Sólo la paz es infecunda, sólo la concordia es inútil, sólo el humanitarismo es anti-humanitario. Y así muere, ante el análisis sociológico, el último de los falsos principios de la democracia moderna”.

5.6. - LAS REVOLUCIONES, UTILIDAD DESTRUCTIVA
Pessoa encuentra utilidad a las revoluciones, pero aquella que proviene de la destrucción, dado que las sociedades precisan de ser sacudidas para salir del letargo y hacer patente la necesidad de construcción. Toda revolución deriva de una inadaptación, estando, así, de origen, viciada de una enfermedad. Las revoluciones se producen por reacción de un cuerpo enfermo. La revolución se hace porque había injusticias por corregir y consecuentemente se necesitaba una reforma. En tal sentido, considera ridículo todo pre-concepto sobre la revolución, pero también sobre las contra-revoluciones. Si toda revolución origina una contra-revolución, corresponde al “científico” hacer el balance de los resultados del encuentro de ambas fuerzas. Al final, el balance positivo dado por la revolución será la anarquía que sembró, la desorganización violenta que ocasionó.
El lado negativo de la revolución estará, al tiempo, en que el estado social permanece el mismo, agravado con la anarquía que resulta de la sustitución violenta de una situación administrativa por otra. Para Pessoa los gobiernos revo lucionarios son tan inmorales como aquellos a los que sustituyen y además intelectualmente más incompetentes. Creer en la eficacia social directa de las revoluciones, piensa, es exactamente como creer en la realidad de los milagros.
Presente, la decepcionante realidad del paso Monarquía-República.





6
EL HOMBRE PORTUGUÉS
6.1. - EL CARÁCTER DE LOS PORTUGUESES
En “Sobre Portugal. Introducción al Problema Nacional”, Pessoa expone sobre las diferentes clases de portugués y sobre los rasgos generales de carácter que en ellos encuentra.
El primer tipo de portugués comenzó con la nacionalidad, podría llamarse el portugués típico y forma el fondo de la nación y de su expansión numérica; trabaja, oscura y modestamente en Portugal y en todas partes del mundo, y se encuentra, desde 1578, divorciado de todos los gobiernos y abandonado por todos; existe porque existe, al igual que la nación.
El segundo tipo lo llama Pessoa el portugués que no lo es. Comienza con la invasión mental extranjera por la época del Marqués de Pombal, invasión agravada con el constitucionalismo y llevada al paroxismo en la República. Este tipo integra las clases medias superiores, alguna parte del pueblo y casi todos los miembros de las clases dirigentes; está completamente divorciado del país que gobierna; Pessoa lo advierte parisino, moderno y estúpido.
El tercer tipo comienza a existir cuando Portugal se esboza como Imperio bajo el reinado de D. Dinis. Es el portugués que hizo los descubrimientos, que creó “la civilización transoceánica moderna” y después desapareció. Precisamente, Pessoa sitúa tal desaparición en el desastre de Alcácer-Quibir que acaba con los sueños del Rey D. Sebastián y que da origen al “sebastianismo”.
Pessoa apunta rasgos comunes en el carácter de estos tres tipos de portugués, aunque piensa que hacen uso diferente de esta mentalidad y eso los diferencia entre sí. Anota tres elementos: a) Predominio de la imaginación sobre la inteligencia; b) Predominio de la emoción sobre la pasión; y, c) Adaptabilidad instintiva. La mezcla de tales características lo hará adaptable, inconstante, móvil, instintivo e inestable.
Pessoa considera a su pueblo el disciplinado por excelencia, practicante, de manera excesiva, de una disciplina social que se torna perjudicial. Encuentra tan reglada, regulada y organizada la vida social portuguesa que se le asemeja a un ejército en lugar de una nación de gentes con existencia individual. Esto lo lleva a hacer notar que nunca un portugués ejerce una acción propia, divorciada del medio o de espaldas al vecino. Por el contrario, actúa siempre en grupo, siente siempre en grupo, piensa siempre en grupo. El portugués espera siempre por los otros y aun en los momentos que Pessoa llama, con ironía, “pérdida temporaria de los caracteres nacionales” y es capaz de un gesto, un pensamiento o un sentimiento independientes, nunca lleva la audacia a los extremos, porque ni aun así aparta los ojos de los otros ni la atención de su crítica.
De esta manera, Pessoa encuentra que en la sociedad portuguesa no es posible determinar responsabilidades, pues ellas serán siempre de una sexta persona en un caso donde actuaron cinco. Al insistir en que el portugués siempre espera la voz de comando, lo acusa de padecer la “enfermedad de la autoridad”, lo que lo lleva a acatar gente que nadie sabe por qué es acatada, citar nombres que no tienen ningún valor objetivo para hacerse citables, seguir jefes que no han demostrado ningún grado de competencia. Para compensar esta disciplina, piensa Pessoa, los portugueses se hacen de una indisciplina superficial que los convierte en niños que juegan a la vida. De esta manera los portugueses protestan sólo de palabras, hablan mal sólo a escondidas y son envidiosos, groseros y bárbaros, como todas las criaturas en las cuales la individualidad se atrofió.
En comparación con los alemanes, que transformaron la disciplina social en un sistema de Estado y de gobierno, los portugueses fueron incapaces de manifestarla en un Estado o una administración, dejándola coherentemente integrada al propio rostro de la sociedad; de aquí la decadencia. Los portugueses son incapaces de la revuelta y de la agitación y cuando hacen revoluciones es para implantar cosas idénticas a las que ya estaban. Nuestro poeta consideró positivas las revoluciones en el sentido de la sacudida y la desorganización que originaban momentáneamente, lo que permitía la subida de una capa remozada. Considerando sus criterios sobre el carácter portugués, es evidente que las veía no sólo como un mal menor sino también como la forma única de producir alguna posibilidad de cambio en aquella sociedad rígida. Tal vez la expresión pessoiana “disciplina social” no se ajuste con precisión a lo que quería describir, que no era otra cosa que la falta de iniciativa y de innovación de su pueblo, una resignación abúlica a la realidad.
Nuestro poeta piensa que los portugueses sufren de imaginación excesiva, no sin añadir inmediatamente que este tipo de criaturas están enfermas, al mismo tiempo, del defecto de deficiencia de imaginación. En verdad, Pessoa quiere significar la capacidad de evasión del pueblo portugués y la capacidad de imaginar fantasías lo que lo aleja de pensar sobre las cosas prácticas útiles. “. . . el exceso imaginativo del portugués, que tan dañino le ha sido, sólo puede ser tirado mediante una cultura cada vez mayor de Ia imaginación portuguesa. Educar las nuevas generaciones en el sueño, en el devaneo, en el culto prolijo y enfermizo de la vida interior, equivale a educarlas para la civilización y para la vida. Sobre seres fáciles y agradables el tratamiento es de resultado seguro”
Nuestro poeta establece sutiles diferenciaciones entre hombre culto, inteligente y erudito. El culto nace y el erudito se hace, porque para él la cultura es, más que una movilización del espíritu, una actitud. “Hombre culto es aquel que, de todo a lo que asiste, aumenta, no sus conocimientos, sino su estado de alma. El erudito lee y sabe; cuanto más lee más sabe. El hombre culto, en general, cuanto más lee menos seguro está”. De aquí llega a establecer que es para Portugal una tragedia tener varios eruditos y mucha gente inteligente, pero poquísima gente culta. Pessoa critica la tendencia portuguesa para la acción precipitada, por tanto, la ausencia de una acción meditada y reflexiva, originada en la maduración de las situaciones. Al mismo tiempo considera su país “un pueblo de héroes aplazados”, dado que el portugués parte la cara a todos los ausentes, conquista de gracia todas las mujeres soñadas y despierta alegre por la mañana con el recuerdo de los hechos por cumplir. De allí la sentencia lapidaria: “Somos un grifo de tinta seca en la mano que escribió Imperio de la izquierda a la derecha de la Geografía”.
No obstante, en cada página de Pessoa no falta la convicción de que se está en un “interregno”, que se vive simplemente un intervalo, que el Portugal de la grandeza perdida reaparecerá. Es a los portugueses de esos lapsos, de esos intervalos, a los que analiza y critica, sólo que tales lapsos, tales intervalos, se le hacen demasiado largos, perdidos para el tiempo, ineficaces para la historia que habría que escribir. El poeta desespera: los portugueses van a buscar las ideas al extranjero pero ni siquiera en los movimientos filosóficos profundos, sino en el simple periodismo de ideas, en la superficie, y las adopta sin alteración o crítica; condena las copias que los portugueses hacen en el exterior y aprovecha para criticar duramente al fascismo y al hitlerisno; es verdad que hay algunos poetas de mérito, pero permanecen estancados, repitiéndose indefinidamente, papagayos de su primer y único impulso original; hay hombres capaces de pensamiento filosófico, pero inmersos en la retórica en la divagación, incapaces de coordinar lógicanente ideas; el Almirante Gago Coutinho y Sacadura Cabral cruzan el Atlántico (1922) y el hecho llama poderosamente la atención al poeta que no lo considera un “acto civilizador” comparable a la “grandeza fatídica e imperial” de los descubrimientos, pero sí relevante desde el punto de vista científico y humano, dado que muestra una fase del espíritu de los hombres que establecieron el “Imperio transitorio”; nuestro poeta encuentra en las reacciones de los portugueses representativos de aquellos tiempos frente a la hazaña, una incomprensión y una incapacidad que refleja el estado de la conciencia nacional. El ánimo de nuestro poeta oscila: el “portugués imperial” se marchó y volvió el portugués a la “antigua”, buen católico, estúpido (como puerta de caja fuerte) y torero, pero hay momentos en que reaparece el mejor portugués, aunque vuelve a perderse.
6.2. - ¿CÓMO ORGANIZAR LA SOCIEDAD PORTUGUESA?
La respuesta a esta pregunta Pessoa la divide en tres partes, una teórica y dos prácticas. La primera es el trazado del proyecto conforme al cual se va a organizar; la segunda la colocación en el lugar apropiado de los hombres competentes que han de poner en práctica la organización y, la tercera, la coordinación dinámica de estos hombres para echar a andar esos planes. Para la primera sólo hay reglas, para las otras dos sólo realidades; ni otra norma, en la segunda, que la intuición para escoger los hombres y, en la tercera, el espíritu práctico de coordinación de esfuerzos. Por supuesto que nuestro poeta advierte que a él sólo le compete la primera, la menuda tarea de diseñar la organización de la sociedad portuguesa.
El “sociólogo” comienza a desgranar: hay dos teorías, la puramente científica y la teoría preliminar de la acción. La primera procura comprender el problema, la segunda resolverlo. La primera sólo precisa concentrarse sobre el problema, la segunda tiene que estudiar la media entre el problema y la realidad. En este caso no se trata de una teoría de organización abstracta dado que el asunto consiste en organizar la sociedad portuguesa. Continúa el montaje: la sociedad portuguesa es primero sociedad y después sociedad portuguesa; esto equivale a que Pessoa estudie primero los principios en que debe asentarse eualquier sociedad y, por aplicación de estos principios, colegir la organización de la sociedad portuguesa. De allí se salta al estudio de los procesos a adoptar para realizar esa organización. Aquí le surge un obstáculo a nuestro poeta-ensayista: la ausencia de un punto de apoyo científico para tal determinación. Pessoa declara que la sociología le falla, que esta ciencia está en punto alquímico y manifiesta no encontrar otra cosa, para entrar en la descomunal tarea que se ha propuesto, que “La Politica” de Aristóteles —fruto de la Grecia antigua— y “El Príncipe” de Maquiavelo —fruto del Renacimiento—, pero estos puntos de partida no le resultan “científicos” y decide que debe entrar desnudo a la solución del problema. Recula, ya no quiere investigar las leyes fundamentales y eternas de las sociedades porque piensa que terminaría escribiendo un tratado de sociología, por lo que prefiere buscar la Ley o Principio que hace de columna vertebral; limita más aún el problema, al procurar la que corresponde a las sociedades civilizadas, o mejor, a las susceptibles de progreso; describe las dos fuerzas que se enfrentan en el seno de las sociedades, las que quieren el progreso y las que a él se resisten, no sin advertir la grandiosidad positiva de este encuentro, ya que, para él, todo cuanto vive lo hace en virtud del equilibrio de las dos fuerzas, una integradora y otra desintegradora, estando, por tanto, la vitalidad, en razón directa del equilibrio de ambas. El “sociólogo” retoma la palabra: el predominio de la fuerza conservadora se traduce en estancamiento cuyo grado dependerá del predominio de tal fuerza; por atrasada que sea esa sociedad habrá fuerzas que no están dispuestas a aceptar ese estancamiento, buscarán progresar, instintiva o conscientemente lo que producirá, tarde o temprano, dos resultados funestos: perderán el contacto con las clases estancadas del país produciendo así una quiebra de la cohesión social, una baja de la vitalidad nacional y los progresistas, perdido el contacto con otras clases, serán llevados a vivir mentalmente en el extranjero y así se desnacionalizan, se transforman en serviles, en mimetísmo idiota de las cosas que vienen de fuera. Cuando la ruptura del equilibrio se da por el lado de la corriente progresista, las otras clases, al no poder acompañar el proceso de avance, reaccionan violentamente y el país es conducido a la anarquía; las consecuencias son parecidas, dado que se pierde la cohesión nacional y las clases que se oponen al progreso viven mentalmente en el extranjero. La conclusión es típicamente pessoiana: estos fenómenos caracterizan todas las decadencias y decadencias son, por igual, el estancamiento en que se entierra una sociedad super-conservadora y la anarquía en que cae una sociedad superprogresista”.
Trazados los surcos, es menester aplicarlos a la interpretación de la realidad portuguesa. Así, encuentra que en su país se dio una gran ruptura de equilibrio y, después, otras dos perturbaciones de carácter secundario y subsidiarias de aquéllas. El inicio de la ruptura del equilibrio debe colocarse en el mismo sitio donde comienza la decadencia portuguesa; en donde se coloque, dado que existe discusión al respecto, pero, en todo caso, resultante, para Pessoa, del gran esfuerzo de los descubrimientos y las conquistas. “Con la dispersión por todo el mundo y la muerte en tantos combates, precisamente de aquellos elementos que creaban nuestro progreso, nuestro pequeño pueblo fue poco a poco quedando reducido a los elementos apegados al suelo, a aquellos a quienes la aventura no tentaba, a cuantos representaban las fuerzas que en una sociedad reaccionan contra todo avance”.   Queda así pues establecido que la decadencia portuguesa, por la ruptura del equilibrio entre las fuerzas integradoras y desintegradoras, se produce por un predominio de las conservadoras.
Al pasar revista, guiado por los cauces maestros apuntados, encuentra un permanente abismo entre los hombres de pensamiento y el resto del país, lo que trata de explicar con el desencuentro del pensamiento y una cohesión social por donde pudiera propagarse. Se topa con los hechos históricos concretos, en la búsqueda de las grandes llaves y de los grandes cruzamientos por donde sus teorías se han explicado. Así, la Restauración dio la independencia al país pero no a los individuos que permanecieron dependientes, devolvió la nacionalidad pero no hizo portugueses; el Marqués de Pombal le parece positivo en cuanto al desarrollo industrial y comercial, pero demasiado abierto al exterior y víctima de las invasiones francesas; después de éstas llegó la desnacionalización y la independencia solo quedó de nombre; el constitucionalismo, dice, representa aparentemente una reacción de las fuerzas progresistas contra las conservadoras, pero no, sólo fue un movimiento desnacionalizador, dado que si hubiese sido progresista hubiese procurado reformar la antigua monarquía y lo que en realidad hizo fue traer un régimen extraño a la vida nacional, inadaptable a las condiciones portuguesas; si aquel régimen constitucional tenía pocos puntos de contacto con lo portugués, la República “francesa”, recién implantada, tampoco. Pessoa se encuentra enjuiciando a la República con aquellos parámetros que ha fabricado en su búsqueda desesperada de la teoría para la construcción de la sociedad portuguesa.
Como siempre, los análisis pessoianos conducen a la cultura como suprema medicina. Así, repite, habrá de crearse una actitud cultural en las clases medias de donde derive la noción de Portugal como persona espiritual. Se dirige, incansable, en procura de las bases fundamentales del carácter portugués, de lo malo en él que hay que matar y de lo bueno por crear. Se extiende en consideraciones sobre las características que debe tener una nación fuerte, pone de relieve la incultura, alarga el análisis histórico y menciona fechas coincidentes con las rupturas de equilibrio y predominios de una u otra fuerza, proclama la necesidad de la industrialización y llama a la educación simultánea de la inteligencia y la voluntad. Industrialización y educación, remedios para la decadencia.
En la serie de proyectos de ensayos, cuyos índices revelan las preocupaciones fundamentales de nuestro Pessoa, podemos encontrar que el diseño que se había trazado llegaba hasta el delineamiento de una política exterior. Están allí, algunas de las preocupaciones recurrentes, cómo educar, cómo formar a los maestros que eduquen, cómo es el psiquismo portugués (o cómo crear uno), el sentido elitesco y aristocrático. Presidiéndolo todo, la angustia de cómo generar y organizar la cultura.




















7
EL “SEBASTIANISMO” Y EL QUINTO IMPERIO
7.1. - BANDARRA, LAS TROVAS DEL ZAPATERO DE TRANCOSO
En la villa portuguesa de Trancoso vivió y murió un singular zapatero, en el siglo XVI, que comenzó por aficionarse a la lectura de la Biblia y terminó convertido en una versión portuguesa de Nostradamus. La fecha de nacimiento del personaje en cuestión es desconocida, pero generalmente se acepta que murió en 1545.
El zapatero tenía una psicología extraña. Lo cierto es que el vasto conocimiento de las Escrituras le fue ganando una corte de adeptos. En realidad, Gonçalo Annes (o Anes, Yannes, Eanes), mejor conocido como Bandarra, conocía de memoria pasajes enteros de la Biblia y evacuaba consultas sobre la interpretación de los textos sagrados y sobre las profecías en ellos contenidos. Escribe trovas y en cada una de ellas hay una cita bíblica para sostener las predicciones que formula, siempre en lenguaje equívoco y susceptible de interpretaciones variadas. Las trovas están impregnadas de un tono profético y mesiánico. No pasó mucho tiempo, claro está, sin llegar a manos de Afonso de Medina, de la Mesa de Conciencia de la Inquisición; Bandarra es absuelto, pero obligado al auto de fe y se le prohíbe escribir, leer o divulgar asuntos referentes a la Biblia. Bandarra obedece y desde ese momento desaparece de la escena pública, pero las trovas seguirán circulando y a la vuelta de un siglo serán respetadas, examinadas y creídas.
“Parecía un gran teólogo”, dirán ante la Inquisición los testigos llamados a declarar. Bandarra sabía leer y escribir, lo que en su tiempo no era poco y, aunque no era judío, tenía buena parte de sus adeptos entre ellos. Los judíos pasaban por momentos de efervescencia mesiánica y en el zapatero encontraron un intérprete y una voz y se encargaron de proclamarlo como una “buena nueva”. En las trovas hay una predicción sobre la restauración de Portugal y su grandeza, lograda por un Rey lleno de sabiduría y valor. Un siglo después de su muerte, con João IV en el trono portugués, es subido al altar ante los ojos de la misma Inquisición que lo había perseguido. Por intereses políticos en juego, las calles de Lisboa son recorridas por emisarios que aseguran que las trovas son realmente profecías. Se trataba de enviados del nuevo Monarca que querían aprovecharlas para hacer entender al pueblo que João IV era el Rey profetizado y que con la entronización de la Casa de Braganza llegaba para el país la esperada época de prosperidad. Los restos de Bandarra son trasladados al cementerio de Trancoso, a un túmulo más apropiado a su condición de profeta. D. Alvaro de Abranches, gobernador de Beira se encarga de lo relativo a los gastos del túmulo y el gobernador João Saldanha de Sousa ordena la siguiente inscripción: “Aquí yace Gonçaliannes Bandarra, natural de esta villa, que profetizó la restauración de este reino y que había de ser en el año de seiscientos y cuarenta por el Rey D. João el cuarto nuestro señor que hoy reina; falleció en la era de mil quinientos y cuarenta y cinco”. De entrada, aparentemente, el único beneficiario de aquella consagración fue su descendiente Miguel Días Bandarra, a quien se le concede la gracia de una administración de capilla, pero ya veremos cómo las trovas del zapatero darán base a una de las grandes leyendas portuguesas.
Como está visto, la popularidad de las trovas llega al máximo en el período de la restauración, con la coronación de João IV, pero en 1665 vuelven a ser prohibidas por la Inquisición. En 1727 sufren una persecución en firme, ordenándose sean recogidas junto a otras profecías en circulación. En el siglo XVIII comienzan a aparecer versiones apócrifas presentadas como el “tercer cuerpo” (ya durante la Restauración había aparecido también una edición apócrifa del “segundo cuerpo”). Lo que hoy podemos leer de las trovas es, realmente, un trabajo colectivo, producto de los agregados y de las modificaciones sufridas a lo largo de los siglos.
El siglo XVI conoció una auténtica epidemia de “profetismo” extendida por toda Europa. Era una época de “caza de brujas” y de persecución de los heréticos, de persecución muy violenta incluso en las regiones donde la Inquisición aún no había llegado. Al mismo tiempo, se producía un renacer de la esperanza en un mundo mejor, lo que facilitó la aparición de toda clase de profetas y profecías. Bandarra asegura que el Rey tomará todos los puertos, incluido Marruecos, que tratarán de sobornarlo y detenerlo por cualquier medio, que abrirá todas las puertas y cajas hoy cerradas, que luchará contra los turcos y salvará al mundo de los ateos y los moros y que se llamará João, de donde el bautizado IV tratará de sacar provecho. Bandarra predice contratiempos, guerras, tragedias; pero siempre el gran Rey lo superará todo, dentro de su misión salvadora del cristianismo, que acabaría con la herejía y la maldad y traería tanta prosperidad que la producción de la lana sería tanta que alcanzaría para vestir a Dios. Todo se solucionaría, bastaba esperar la llegada del “encoberto”.
En tiempos de las trovas existe ya la noción de la decadencia que hemos venido manejando y ellas sirven así de alivio a los desesperanzados. Dos defensores contribuyen, sin embargo, a su pervivencia. D. João de Castro, hijo natural de Alvaro de Castro y por tanto nieto del Virrey de la India, discípulo de los jesuitas en Evora, encuentra en el sebastianismo la razón de su vida; es el primero en comentar las trovas y publicarlas con interpretación adjunta. El otro gran defensor fue el Padre António Vieira, sebastianista como toda la Compañía de Jesús en Portugal; asegura que más de cincuenta profecías de Bandarra se han cumplido, asegura la verdad profética de las mismas y que ninguna ciencia ni diabólica ni humana ni angélica podría llevar a Bandarra a conjeturar con tanta certeza y que la única explicación válida es que Dios habla por medio del zapatero de Trancoso.

7.2. - EL REY SEBASTIÁN HACE LA GUERRA A LOS INFIELES
El Rey D. João III muere en 1557. El único descendiente es su nieto Sebastián, de apenas tres años. La Reina viuda Catalina de Austria, hermana del Emperador Carlos V, ejerce la Regencia. Las riquezas, léase especierías, han ocasionado a Portugal un grave relajamiento de las buenas costumbres; es el “pago” que da el país por sus posesiones del Oriente. Toda una sociedad cortesana y parasitaria hace de Lisboa centro de esplendor y despilfarro. En 1568, Sebastián cumple 14 años y comienza a reinar en medio de este ambiente. Había sido educado en medio del culto al heroísmo militar y del carácter casi divino de la persona real. Desde temprano se creyó predestinado para ser el salvador de la cristiandad amenazada. Durante los diez años de su reinado sueña con luchar contra los enemigos de la fe; en 1.572 organiza una armada para combatir los herejes, pero esto se queda en proyecto porque un temporal destruye los navíos anclados en el Tajo; dos años más tarde embarcará furtivamente para el norte de Africa dejando instrucciones para que el pueblo tome las armas y le siga. El pretexto para una gran expedición guerrera surge en 1576 por la conquista del trono de Marruecos por un moro apoyado por los turcos; según el Rey, esto significaba que el Sultán de Turquía iba a dominar todo el norte de Africa, lo que sería fatal para la Península y para toda la Europa cristiana. En 1578, con 24 años, reune un ejército de 17 mil hombres (cinco mil le los cuales son mercenarios) y marcha al encuentro del Rey de Marruecos, con quien se topa en las proximidades de Alcácer-Quibir. El deistre es total: la mitad de los soldados, muertos; la otra mitad, prisionera. D. Sebastián muere en combate. Como se considera deshonroso haber visto morir al Rey y haber sobrevivido en vez de dar la vida por el Monarca, nadie dice haberlo visto, dando así lugar al mito; entre el pueblo se comienza a decir que el Rey había escapado con vida y que regresaría, las trovas de Bandarra comienzan a leerse con ojos diferentes y se asegura que el Mesías que volverá es precisamente Sebastián.
El sebastianísmo se inserta en la conciencia popular como una especie de nacionalización del mesianismo judaico que lleva a creer que en las épocas de sufrimiento colectivo vendrá alguien a salvar a todos. Pero de la conciencia popular pasa incluso a espíritus cultos, como el Jesuita António Vieira. El mito del Rey que ha de volver es aún un lugar común en la lengua portuguesa. Traduce un estado del espíritu que consiste en creer que aquello que profundamente se desea no dejará de acontecer, independientemente de nuestro esfuerzo y sin implicación de nuestra responsabilidad. Vieira encuentra en las trovas de Bandarra argumentos para su proyecto de un Imperio Universal en el cual cristianos y judíos estarían reunificados en una Iglesia nueva y purificada de los antiguos pecados. Se pensaba que el “encoberto” era João IV, pero como muere sin que se cumpla la profecía, Vieira sólo concluye que resucitaría para cumplirla. Con las invasiones francesas del siglo XVIII recrudece el sebastianismo; el Rey vendrá a combatir a Napoleón y se asegura que ya está en Portugal, escondido en un barco de la escuadra rusa surta en el Tajo y allí se amontonaba la gente para verlo desembarcar.
El sebastianismo pasa a Brasil y a algunos poetas, entre los cuales el portugués Pessoa y el brasilero Suassuna. “Y así, en su destino para muchos incomprensible, el mito del Encubierto no representa apenas la aspiración a la restauración del Portugal glorioso, la afición nacional por una figura carismática de “salvador”, el deseo subconsciente de entrega pasiva y un redentor electo por lo alto; de cierto modo, resume en sí un gran proyecto nacional y universal frustrado, constituyendo, al mismo tiempo, una protesta inconsciente o una resistencia a las alternativas victoriosas, primero de la Europa mediterránea post-renacentista y contra-reformista, después de la Europa Nórdica, racionalista y voluntarista. . .”.

7.3. - ANTÓNIO VIEIRA, EL SEBASTIANISMO PROPAGADO
El jesuita Vieira se asume como el principal propagador de las trovas de Bandarra y del sebastianismo. Con pasión, escribe su famosa Carta al Obispo del Japón, “Esperanzas de Portugal, Quinto Imperio del Mundo”, y sus libros “Historia del Futuro” y “Clavis Prophetarum”. Será de estos libros de donde Fernando Pessoa tomará el mito.
Pueden encontrarse en ellos una mezcla de capacidad profética cristiana, patriotismo desmedido, imaginación mítica y una filosofía providencialista de la historia. Se le agregan “el ideario medieval de San Bernardo del Templo/Orden de Cristo y de la doctrina joaquimita del Espíritu Santo y del Evangelio Eterno”, todo debidamente conectado con la propuesta al mundo de una nueva civilización de origen lusitano.
En Vieira se encuentra el patriotismo exacerbado de reivindicación de un Portugal auténticamente portugués por oposición a la extranjerización acaecida con Jo ão III y con el período de los Felipes. Señala un aliento mesiánico al pueblo que para él creó el mundo moderno y abrió los caminos geográficos y espirituales de la tierra ocupada por el hombre, pero que, al mismo tiempo, no guardó nada para sí, lo que le es apuntado como un pecado irremisible.
Pessoa llamará a Vieira el “mayor artista de nuestra tierra”.

7.4. - PESSOA, LA ASUNCIÓN DEL SEBASTIANISMO
En los textos de Pessoa (especialmente en los agrupados en “Sobre Portugal. . .”), pueden encontrarse numerosas referencias “al salvador que saldrá a restituir honra y gloria”. . . “que se reputaba muerto. . .”   o al “Rey que ha de venir. . . ya no está lejos. . .”
Nuestro poeta analiza detenidamente las trovas encontrando tres puntos esenciales en la profética de Bandarra: el regreso de D. Sebastián, el Quinto Imperio y los destinos de Portugal. El Quinto Imperio lo asocia a toda la tradición profética europea y a la hebraica, y la profecía sobre el Rey, ligada íntimamente al primero, a otros profetas que lo han aludido, como Nostradamus. El Quinto Imperio le parece la aproximación de dos fuerzas, la de la sabiduría (ciencia, raciocinio, especulación intelectual) y el conocimiento oculto (la intuición, la especulación mística y cabalística); no habrá, para Pessoa, absorción mística, sino que la inteligencia material conquistará la espiritual y la espiritual la material. Agrega: “La paz que Bandarra dice que habrá en todo el mundo será la paz de no haber diferencias religiosas. . . un solo Dios será conocido. . ., y todo esto durará el tiempo que tuviere que durar, porque no hay nada perenne o eterno y el mismo Dios que creó este mundo no es por ventura más que uno de los muchos “dioses”, creador de uno de los muchos “universos”, misteriosamente coexistentes, todos ellos, por ventura, describibles como infinitos y eternos”. Tanto acopio de ocultismo lo lleva a proclamar que el Misterio es mayor que el Universo y que el mismo Dios.
Pessoa sigue el orden de las trovas, para él organizadas en tres partes o cinco cuerpos, división muy variable conforme a la edición que se tenga entre manos. En todo caso, encuentra que Bandarra supera los límites físicos de aquel primer portugués que tuvo la visión profética de los destinos del país y pasa a ser un “hombre colectivo” dado que a las trovas originales se le fueron agregando las redactadas por los seguidores que asumieron tal tipo de visión y la forma literaria. La observación es cierta en lo literal, pero Pessoa pretende con ella algo más, hacer del mito parte integral del cuerpo portugués, un motor fundamental de una movilización que le dé al país las fuerzas necesarias para el logro del objetivo civilizador que le plantea como misión; en suma, Pessoa hace del mito popular el instrumento idóneo para incentivar el mesianismo que habrá de servir de impulso hacia la consecución de las grandes metas. Ya lo había dicho Alvaro de Campos en “Ultimatum”, al declarar que él, perteneciente a la raza de los descubridores, no aceptaba menos que dar al mundo una nueva civilización.
Por este camino se lanza: “El verdadero patrono de nuestro país es ese zapatero Bandarra. Abandonemos Fátima por Trancoso. Ese humilde zapatero de Trancoso es uno de los maestros de nuestra alma nacional, una de las razones de ser de nuestra independencia, uno de los impulsores de nuestro sentimiento imperial. Ese Bandarra es la voz del pueblo portugués gritando por encima de la defección de los nobles y de los clérigos, por encima de la indiferencia de los cautos y de los incautos, la existencia sagrada de Portugal”. Pide entonces que el país tome conciencia de sí mismo, que ponga a un lado a Roma y su religión, que encuentre su propia alma, deje fuera las tinieblas y el desaliento que hace siglos le parece que pasa sobre el alma portuguesa; es obvia la asociación del catolicismo a esta rémora; el sebastianismo sirve, D. Sebastián vendrá “una mañana de nevoeiro”. Se pregunta: “ Pero qué quiere decir ese Gran Regreso? ¿Qué es lo que regresa? ¿Qué significa, en verdad, esa venida de D. Sebastián? El propio D. Sebastián, ¿ qué significa? Son estas preguntas a las que no se puede responder sino con el texto oculto de Tertuliano: “Aquellas cosas que están ocultas, descubiertas quedan destruidas”.
El alcance que Pessoa atribuye al sebastianismo está claramente establecido en una frase sin desperdicio: “El alma es inmortal, y si desaparece, vuelve a aparecer donde es evocada a través de su forma. Así, muerto D. Sebastián, el cuerpo, si conseguimos evocar cualquier cosa en nosotros que se asemeje a la forma del esfuerzo de D. Sebastián, ipso facto lo tendremos evocado y el alma de ella entrará para la forma que evocamos. Por eso, creada una cosa cuya forma sea idéntica al del pensamiento de D. Sebastián, D. Sebastián habrá regresado, mas no sólo regresado figuradamente, regresado en su realidad y presencia concreta, aunque no físicamente personal. Un acontecimiento es un hombre, o un espíritu bajo forma impersonal”.
Pessoa protesta por la incomprensión que estima se ha abatido sobre el sebastianismo. Condena que se le tome como una superstición popular o como un devaneo imperialista de la decadencia. Nuestro poeta comprende perfectamente que el sebastianismo es el único movimiento profundamente nacional que ha existido en Portugal, incluso con fuerza religiosa, y por eso a él se remite, una vez más, para mover al país, ya casi independientemente del Sebastián real que se fue a morir a Africa.
Don Sebastián volverá automáticamente al volver Portugal a la grandeza. Cuando el Alma portuguesa se reanime estará dada la fecha del Gran Regreso. La conjunción es total entre el mito y la recuperación de la gloria; podrá, entonces, comenzar la marcha hacia el Quinto Imperio.

7.5. - Los CUATRO IMPERIOS PRECEDENTES
En los libros del Padre Vieira encuentra Pessoa la decisión de asumir libremente la lengua portuguesa y el patriotismo considerado como el instinto social fundamental, en cuya formación la lengua tiene una importancia vital. En el jesuita hay una serie de elementos que le vienen muy bien a la personalidad de Pessoa, como ese misticismo judaico que atiza su inclinación mesiánica y una respuesta a su estado de inadaptación. Simões piensa que es de la naturaleza psicológica de los poetas, en especial de los de herencia judaica, la inadaptación al presente y una aspiración al pasado que es vago, abstracto y lejano, de modo que su transferencia al futuro sólo se opera por la intervención del sentimiento religioso. De allí, Pessoa inmerso en la Teosofía, en el gnosticismo, en la magia, en el ocultismo, busca la realización de la bienaventuranza terráquea en la reconquista del pasado, del paraíso perdido.
Pessoa, asumiendo la lengua portuguesa, hinchado de patriotismo, inundado por Vieira (Mensajero de la Tienda Blanca, Portador de la Palabra Oculta, Señor del Secreto Divino), en pugna con la mediocridad del ambiente y pronto a soñar con la grandeza, era de esperar que se lanzase a reconquistar el paraíso. Ocultismo, cristianismo, judaísmo, arianismo, imaginación, razón, mistificación, sinceridad, lo conducen en el diseño de su pensamiento político, del sueño del Quinto Imperio, espiritual y portugués.
Desde sus artículos sobre “A nova poesía portuguesa”, Pessoa está imbuido de esta concepción; allí describe la futura creación social de la raza portuguesa como, al mismo tiempo, política y religiosa, democrática y aristocrática, ligada a la actual forma de civilización y a otra cosa nueva; eso sí, distante del cristianismo, y en especial del catolicismo, de la democracia moderna y del materialismo.
Pessoa se lanza a definir el imperialismo y a clasificar los imperios al mismo tiempo que discute y rechaza la versión de Daniel del sueño de Nabucodonosor. El Quinto Imperio será un Imperio espiritual. El futuro no estaba en obtener conquistas y victorias en el espacio, sino en lo intemporal y en lo inespacial. Así, aceptada la visión de que sub-razas derivadas de la Raza ocuparon sucesivamente la Tierra, proclama que la lusitana es dueña de un largo futuro, humano y divino. La concepción espiritual del Quinto Impeno lo lleva a la discrepancia con Daniel porque, en esa concepción, el Imperio es material y sólo de conquista; conforme a ésta, el Quinto Imperio sería el hebreo, dado que los profetas lo eran, y pecaban de profetizar con intención. El Imperio Judío es imposible porque la Idea de Imperio es sincrética, esto es, de un Imperio que resume varias cosas y concentra influencias, en suma, una síntesis, y no una mera extensión forzosa. En la versión de Daniel los Imperios serían Babilonia, Medo-Persa, Grecia, Roma y un Quinto dudoso, mas presumiblemente hebreo. Otra interpretación en el sentido de Imperio material, podría llevar a colegir que el Quinto sería Inglaterra, lo que, obviamente, no gustaba nada a Pessoa. Siendo el Quinto espiritual no se podía partir de Babilonia, sino del Imperio espiritual griego. Lo correcto era, entonces, pensar que el primero había sido el Imperio Griego (que sintetizaba todos los conocimientos y experiencias de los antiguos imperios preculturales); el segundo, el Imperio Romano (sintetizando toda la experiencia y cultura griegas y fundiendo en su ámbito todos los pueblos fundadores); el tercero, el Imperio cristiano (fundiendo la extensión del romano con la cultura del Imperio griego y el agregado de los elementos de orden oriental, entre los cuales el hebraico); el cuarto, el Imperio inglés (distribuyendo por la Tierra los resultados de los otros tres y manifestándose primeramente como una especie de síntesis). En otras ocasiones habla del Cuarto Imperio como Europeo (esto es, de la Europa laica de después del Renacimiento). En todo caso, el Quinto no puede ser atribuido a Inglaterra. El Quinto fundirá los cuatro anteriores con todo cuanto esté fuera de ellos y será el primero verdaderamente mundial o universal.

7.6. - LAS CLASES DE IMPERIALISMO
Para Pessoa hay tres clases de imperialismo, a saber, de dominio, con tres expresiones: unificador, que busca reducir a una unidad con fines civilizadores; cesarista, que sólo procura aumentar el dominio territorial y sentir la grandeza, y hegemónico, que es el sentimiento de grandeza obtenido con el dominio sobre otros pueblos. En segundo lugar coloca el imperialismo de expansión, que es aquel que coloniza territorios desiertos o habitados por razas incivilizables, el que se aprovecha de razas decadentes y también el que procura dominar razas civilizadas pero más débiles. Finalmente, el imperialismo de cultura, que no procura un dominio material, pero sí influenciar y dominar por la absorción, que procura crear nuevos valores civilizadores para despertar a otras naciones.
Piensa nuestro poeta que estos tres tipos de imperialismo constituyen escalones en la evolución de una civilización: primero el imperialismo de dominio, segundo el de expansión y, finalmente, el de cultura. Surgen imperialismos en épocas subordinadas a otras ideas civilizadoras, así el Renacimiento se produce en una época correspondiente al imperialismo de dominio, el siglo XIX transcurre bajo la impronta del imperialismo de expansión. Pasa que Pessoa considera la aventura de los descubrimientos como un imperialismo de cultura, bajo una orientación no artística sino científica, sólo que en su tiempo estaba vigente un imperialismo de dominio y no pudo adaptarse a él por falta de gente y por falta de práctica en procesos militares favorables a aquel tipo de imperialismo (recuerda que Portugal había practicado apenas acciones guerreras defensivas, contra los moros y contra los reinos vecinos). Tenía Portugal otras características corno la unidad nacional (que congrega los esfuerzos de los individuos de una nación) y un hábito guerrero, sólo que educado en una actitud defensiva constante. Al no poder adaptarse al imperialismo de expansión que presidía la época de los descubrimientos Portugal vio caer su imperio, mientras que se favorecía el reino de Castilla, más apto por naturaleza a ese género de imperialismo.
Ahora bien, una nación sólo llega al auge de su grandeza, insiste, cuando realiza plenamente ni imperialismo específico, Italia alcanza tal estadio en el Renacimiento cuando realiza plenamente su función civilizadora aun en circunstanias no favorables, pero con las condiciones necearias para ada adaptarse al imperialismo predominante en su época, el de dominio; Italia pudo expandir cultura por Europa y dominar por el espíritu, creando un imperio cultural, lo que no pudo lograr Portugal. En otro aspecto, Alemania, imperialismo de dominio, llega al auge en el siglo XIX, cuando logra el imperialismo unificador, el más alto grado del imperialismo de dorninio (piensa que Alemania se ve obligada a adaptarse a un imperialismo de expansión, dándose en ella simplemente una transformación imperialista). Inglaterra (otro imperialismo de dominio de tendencias ancestrales) llega al auge con Cromwell que realiza el pleno imperialismo unificador.
Pessoa se interroga entonces sobre Portugal. Se pregunta si es posible que sea una gran potencia espiritual, si siendo posible sea probable que se convierta realmente en tal y si reune las condiciones para ello. Advierte que la primera razón porque Portugal se tornó notable a los ojos europeos fue el fenómeno literario y enumera la poesía de los Cancioneros, los romances de caballería; de manera que el primer florecimiento portugués fue a través de un fenómeno de cultura, del espíritu. Además, Portugal surge definitivamente en la civilización europea a través de los descubrimientos, un acto cultural, más concretamente un acto de creación civilizadora. Finalmente, considera que, con excepción del resto de Europa, en el Portugal del siglo XIX los valores superiores no degeneraron, sino que tuvieron progresos. Una condición importante que nuestro poeta ve en su país es que se trata de una nación pequeña y en la cual, por tanto, no puede nacer, con el crecimiento del ideal nacional, ninguna tentativa de absorción territorial que pueda desvirtuar su destino espiritual. Llega a la apoteosis: “Creando una civilización espiritual propia subyugaremos a todos los pueblos, porque contra las artes y las fuerzas del espíritu no hay resistencia posible. . .

7.7. - EL IMPERIALISMO CULTURAL PORTUGUÉS
El aristocratismo que no le abandona reaparece con especial fuerza al delinear las condiciones para hacer de Portugal un imperio cultural. A la plebe se le imponen instituciones creadas contra su tradición, la tradición es democrática, de gobierno popular, por lo tanto para que haya civilización la construcción debe ser aristocrática, el proletariado hay que reducirlo todo lo que sea posible, la plebe debe ser el instrumento de los imperialistas, casta dominadora, pero esclava de ellos, ligada a ellos por una comunidad de misticismo de modo que sea voluntariamente esclava.
Las condiciones inmediatas para el surgimiento del Imperio Cultural son, en primer término, la presencia de una lengua apta, rica, gramaticalmente completa, fuertemente nacional; el surgimiento de hombres de genio literario que escriban en esa lengua y, finalmente, la base material imperial para expandir esa lengua e imponerla (el análisis abarca desde el número de personas que la hablan inicialmente, extensión geográfica, conquista y ocupación). “Una lengua será tanto más rica cuando más la nación hubiese sido compuesta en su inicio y fundación como tal, de elementos culturales diferentes. Así, de las lenguas europeas, la lengua inglesa, que se compone del doble elemento cultural germánico y latino, es la más rica de todas. Le siguen la española y la portuguesa, principalmente la portuguesa, en que dos elementos culturales —el latín y el árabe— concurren”.
La pregunta esencial de una nación constituida, a sí misma para cumplimiento de sus deberes hacia la civilización y la humanidad, es la que versa sobre la misión o destino para los que existe; Pessoa no tiene ninguna duda que se trata sobre una misión o destino civilizador, por tanto, la pregunta queda reducida a la inclinación natural del psiquismo colectivo de esa nación para una determinada función de aquel tipo. De esta manera, el único criterio definidor del imperialismo cultural portugués es la lengua portuguesa y, así es preciso unificar los elementos que hablan esa lengua. Portugal tiene que buscar, primero a Brasil, segundo a Iberia, porque participa de su personalidad espiritual, y tiene que buscar a Inglaterra (y a los países de habla inglesa) para el apoyo de su política externa. (Precisa que los enemigos culturales de Iberia lo son de Portugal, pero puede haber enemigos políticos de Portugal que no lo sean de España y viceversa).
La aspiración a un Imperio Cultural se justifica en la indicación inicial mostrada por el país en este sentido, y en la felicidad de no haber tenido hasta ahora una gran literatura, de modo que todo está por hacer en este campo, lo que torna posible hacerlo todo, y bien. Pessoa acostumbraba justificar sus propias dudas sobre la inexistencia real de una generación de escritores de alto vuelo que le probaran su concepción imperial, tomando la verdad, opuesta, como un síntoma de que vendría la edad de oro literaria. “Hará la paz en todo el mundo” dijo Bandarra de D. Sebastián y Pessoa piensa que esa fraternidad, imprevisible, exigirá un medio de comunicación igual, la lengua.
El impulso de la pretensión le parece tan importante como un eventual final victorioso. Prepararse para tal dominio cultural no le puede hacer mal a nadie, más cuando no se pretende derramar una gota de sangre sino imponer una lengua. En el peor de los casos, el del fracaso del objetivo, siempre se conseguiría perfeccionar la lengua, se quedará escribiendo mejor y se habrían prestado servicios inmediatos a la cultura y la civilización.
Pessoa no le teme a las preguntas capciosas y él mismo se las formula. Ante la interrogante si éste sería un imperialismo de gramáticos, se responde que aquél dura más y va más al fondo que el de los Generales. Si se tratará de un imperialismo de poetas, asegura que dura y domina, al contrario del de los políticos que pasa y se olvida; recuerda que decimos “. . . Cromwell hizo, Milton, dijo. . .” y así el verdadero recuerdo del primero viene del segundo haberlo mencionado en su soneto y cuando Inglaterra se acabe también acabará lo que puede suponerse obra de Cromwell, mientras la poesía de Milton sólo acabaría si desapareciera hasta el último hombre.
Este Imperio Cultural es el que bautiza como Quinto, yendo a buscar el nombre a las proféticas cristianas y pre-cristiana, y atribuido a Portugal en las trovas de Bandarra. No lo concibe estrecho, de una sola personalidad o de una sola fe. Por el contrario “. . . hay que vivir todos los protestantismos, todos los credos orientales, todos los paganismos vivos y muertos, fundiéndolos portuguesamente en el Paganismo Superior”. No hay nada que deba quedar por fuera en esta misión espiritual, nadie puede concebirla como encerrada en lo que llama “la estrechez estéril del catolicismo”. Es que Pessoa mira esta religión como una de las causas fundamentales de la decadencia y cree que hay que romper con los dogmas como única vía para dotar al pueblo portugués de todos los conocimientos, de todo el bagaje cultural aprovechable, sin andar limitándose por dogmatismos inexplicables, para poder así lanzarlo a la creación del Imperio Cultural. Además, es una constante en el pensamiento pessoiano atribuir grandeza a todo lo que es múltiple. Nuestro poeta centra su crítica anticatólica en la característica de esta religión de anular la libertad de especulación sin la cual toda cultura es imposible.
Portugal, inviable como potencia económica y sin propensión para la forma guerrera de gran potencia, guarda, aún, la vitalidad necesaria para volver a surgir en el futuro y en lo que llama “el nuevo renacimiento”. Pessoa recuerda que Italia no era siquiera una nación sino una yustaposición de pequeños estados cuando logra la meta civilizadora. En el caso portugués encuentra, como obstáculo, la carencia casi absoluta de tradición cultural. Encuentra que los portugueses han vegetado desde que el esfuerzo de los Descubrimientos se llevó a los mejores hombres y el catolicismo apagó la especulación. Se pregunta sobre la indisposición cultural de los portugueses que no apareció en el régimen liberal o en la República, pero no se desanima y recuerda que el imperialismo portugués prosiguió aun en las horas más negras.
El sentido religioso, que pretende inevitable, lo cubre con el sebastianismo, única manera de levantar la moral de la nación y de crear una mentalidad colectiva capaz de imponer a los políticos un sentido de grandeza nacional; en otras palabras, sólo la reconstrucción, la renovación y la difusión de un gran mito nacional puede permitir el despegue del estado servil y mimético en que estaba postrada la inteligencia y hundidos los políticos y, afortunadamente, Portugal tenía uno que venía de maravilla, el de aquel Rey que partió a Marruecos y cuya desaparición marcó la decadencia. El objetivo a alcanzar por esta fuerza renovada había que fijarlo en lo máximo, conformar un desafío que surgido de esta creencia enraizada en lo popular se manifestara en las más altas expectativas, exigiera grandes esfuerzos y fuese produciendo el logro de estadios intermedios. Bastaba embeberse de los sueños y crear la atmósfera; “entonces se dará en el Alma de la Nación el fenómeno imprevisible de donde nacerán los Nuevos Descubrimientos, la Creación del Mundo Nuevo, el Quinto Imperio. Habrá regresado el Rey D. Sebastián”.
Clasificaciones artificiosas, deducciones equivocadas, Quinto Imperio como heterónimo de Portugal, estructura de pensamiento político llena de ingenio pero también de puerilidad, inadaptación a la realidad, conclusiones ajenas a la inmediatez de la trágica convulsión del planeta. Sí, todo ello es cierto, pero asistimos a una bellísima aventura poética, donde la lengua se torna patria, donde la poesía crea imperios, donde el genio de un poeta solitario le hace asumirse como Sebastián, como Super Camões, a una aventura donde las formas políticas se generan de un impulso cultural, donde un hombre sueña en elevarse a tal altura poética que le permita dividir los tiempos y ser él el iniciador de una nueva etapa de progreso espiritual del Hombre.

7.8. - “MENSAGEM”
En este poema están presentes el nacionalismo, el mesianismo, el patriotismo, el Quinto Imperio, el Gran Sueño... se trata de “Mensagem”, el afloramiento de todo el continente pessoiano. El poeta se pasea inquieto. “Mensagem” deberá darle el reconocimiento y la admiración de sus conciudadanos. Ha puesto allí en lenguaje poético la visión universal de la Patria. No le dan el premio, apenas una segunda clasificación, como consuelo, para curarse en salud de no premiar aquel compendio de extravagancia y de belleza.
Ha topado con una cruda certeza, el mensaje no encaja en el sentimiento político de su época, su idealismo no está conforme con la realidad, no se procura el Quinto Imperio descrito. Los políticos no aprecian esta clase de propuestas. . . pero, más allá, Fernando Pessoa, ha asumido su tarea de poeta con honestidad intelectual y transparencia, tal como tiene que ser. Si el “mensaje” se perdió, la expresión venció. No estoy de acuerdo con que estos sueños de grandeza patria le limitaron a ser un poeta nacional; quedó claro que no incentivó en los portugueses deseos de grandeza futura, ni adhesiones por sus tesis. Quedaron claras algunas cosas más importantes: la lengua como patria y la esencialidad de la profusión de la inteligencia y la cultura. ¿Ha sido, pues, todo en vano? No, ha sido un aprendizaje. Yo lo veo como Sebastián sobre el caballo blanco. Yo lo creo Super Camões, armado de palabras, artillado de una lengua, proclamando como posible la redención del Hombre. . .y siempre lo será. . . por la palabra.
Lisboa, enero de 1982
junio de 1983




BIBLIOGRAFIA
OBRAS DE FERNANDO PESSOA

Sobre Portugal. Introdução ao Problema Nacional. Editorial Ática. Lisboa. 1978.
Da República. Atica, 1978.
Uitimatum e páginas de sociología política. Ática, 1980.
                                                ***
Páginas de estética e da Teoría e Crítica Literarias. Atica. Lisboa, 1973. 2° edición. (Textos recogidos y prefaciados por Georg Rudolf Lind y Jacinto do Prado Coelho).
Cartas de amor de Fernando Pessoa. Atica, 1978.
Textos de crítica e de intervenção. Atica, 1980.
                                                ***
DE OTROS AUTORES:
LIND, GEORG RUDOLF. Estudios sobre Fernando Pessoa. Estudos portugueses. Imprensa Nacional-Casa da Moeda. Lisboa, 1981.
QUADROS, ANTONIO. Fernando Pessoa. Vida, personalidade e génio. A obra e o homem. Editora Arcádia. Lisboa, 1981.
QUADROS, ANTONIO. Fernando Pessoa. Iniciação Global à obra.
A obra e o homem. Editora Arcádia. Lisboa, 1982.
SIMEÕS, JOÃO GASPAR. Vida e obra de Fernando Pessoa. História de uma geração. Livraria Bertrand. 4 edição. Lisboa, 1980.
                                                         * * *
N. de A.: Los libros de Pessoa consultados pertenecen a las ediciones de Atica, con textos recogidos, en lo que se refiere a la parte política, por María Isabel Rocheta y Maria Paula Morão, y comentarios de Joel Serrão. No está demás advertir que los antologistas titularon sus textos tratando de basarse en los numerosos proyectos de títulos e índices que Pessoa efectuó, aun cuando advierten claramente sobre ello y sobre el criterio personal que les llevó a agrupar textos diversos bajo cada título. Advierten que queda pendiente una reformulación del criterio y una edición más estricta de los escritos politicos de Pessoa. Todos los libros consultados, tanto de Pessoa como de otros autores, están en el original portugués, por lo que las versiones son de mi completa résponsabilidad.
INDICE GENERAL
1 PESSOA DE CUERPO ENTERO
1.1. El hombre
1.2. Las revistas y los grupos
1.3. Rousseau, Nietzsche y Antero de Quental
2. PESSOA, PRODUCTOR DE ESTÉTICAS
2.1. El saudosismo
2.2. El paulismo y el interseccionismo
2.3. El neoclasicismo y el sensacionismo
2.4. Los heterónimos toman posiciones
2.5. Todos los caminos van al mismo sitio
3. “ULTIMÁTUM”
3.1. La parte “destructiva” del manifiesto
3.2. La partes “constructiva”
3.3. La Ley de Malihus de la sensibilidad

4. DE LA MONARQUÍA A LA REPÚBLICA Y PESSOA EL ENSAYISTA POLÍTICO
4.1. Desde la independencia de Brasil hasta el “Estado Novo”
4.2. Los proyectos
4.3. La República, “redención de Portugal”
4.4. La República multiplica los vicios de la Monarquía
4.5. Las etapas republicanas
4.6. La decadencia y otras “lineas maestras”
4.7. “Interregno. Justificación de la doctrina militar en Portugal”
5. SOBRE EUROPA Y LA REPÚBLICA ARISTOCRÁTICA
5.1. Iberia
5.2. “La civilización que hoy llamamos europea”
5.3. La guerra alemana
5.4. De la tiranía y de la república aristocrática
5.5. La democracia, sistema político de la de cadencia
5.6. Las revoluciones, utilidad destructiva

6. EL HOMBRE PORTUGUÉS
6.1. El carácter de los portugueses .
6.2. ¿Cómo organizar la sociedad portuguesa?
7. EL “SEBASTIANISMO” Y EL QUINTO IMPERIO
7.1. Bandarra, las trovas del zapatero dé Trancoso
7.2. El Rey Sebastián hace la guerra a los infieles
7.3. Anto’njo Vieira, el sebastianismo propagado
7.4. Pessoa, la asunción del sebastjanismo
7.5. Los cuatro imperios precedentes
7.6. Las clases de imperialismo
7.7. El Imperialismo Cultural portugués
7.8. “Memsagem”
BIBLIOGRAFÍA










Biografia:
Teódulo López Meléndez, novelista, ensayista, poeta y traductor de poesía venezolano.
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Contos Cuentos del espacio antiguo Teódulo López Meléndez
Poesias Pessoa: Poemas inéditos Teódulo López Meléndez
Ensaios La hojarasca sobre la hierba Teódulo López Meléndez

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